sobre Cambio y fuera de Jesuana Aizcorbe. La Ventana ediciones. Paraná. 2025.
Los
datos biográficos están difuminados. Liliana nace a fines de la década del
sesenta, pero no se dice exactamente cuándo. Liliana nace en una provincia del
oeste argentino, pero no se sabe cuál. Se menciona el promedio de su carrera
universitaria como Ingeniera, pero no se enuncia el título específico. Se
refieren estudios de posgrado, pero se escamotea cuáles. Hasta su muerte,
trabaja en una institución prestigiosa que no se menciona aunque se ofrezcan
datos suficientes para reponer su nombre. Tampoco se saben con exactitud, en
esto libro y realidad parecen coincidir plenamente, las causas de su muerte.
Ese año es aclarado, pero no la fecha. Sin embargo, eso no obtura que aparezca
una serie concreta de sitios donde fue llorada, ni la cita del poco afectivo
mail institucional que informó su muerte o de la respuesta politizada que esa
reacción generó en la agrupación Las Curie. Se esparcen datos concretos
acompañados por un fondo difuminado donde la historia busca, al mismo tiempo,
tanto estabilizarse como desestabilizarse. Como en las novelas o en las series
unitarias, parece que algunos datos darían igual y otros no. Se construye el
personaje, pero también se le dan márgenes de libertad. El gesto es ambiguo,
pero específico del relato que se está presentando. Se da a ver, y la vez se
protege y resguarda. Cambio y fuera
es un libro de narrativa basado en la vida de una mujer trans de nuestro país y
por eso mismo, por aquello mismo sobre lo que narra, recurre a una forma
específica de la clandestinidad que configuramos las disidencias sexuales.
Estar y no estar, ver y no ver, decir y no decir. Tal y como sucedía a Liliana
con los compañeros de trabajo que la topaban en Plaza Flores o los clientes que
la dejan en la parada del colectivo a la luz del día mientras hablan acerca de
sus hijos. Tal como le pasa con su familia. La transición de género (nuestra
protagonista la comenzó a principios de este siglo) es un gesto ostensiblemente
relacionado con el dar a ver. Repercute sobre el régimen visual que domina en
la perfomance del género tal como nuestra sociedad la construyó. Sin embargo,
en ese mismo dar a ver revuelve alrededor suyo una clandestinidad que se añade
a la visualidad. ¿Qué sabemos y no decimos? ¿Qué sabemos pero no sabríamos
decir? El baño de Liliana en la institución nunca estuvo señalizado. Ni ver ni
saber son lo mismo que decir. Este libro trabaja sobre ese aspecto.
La vida de Liliana es narrada a
través de escenas donde se superponen puntos de vista, voces y temporalidades.
A veces incluso sobre el mismo capítulo. La autora no evita todos los cambios
de registro necesarios: aparecen textos en verso en los momentos más álgidos del
libro, tan bien utilizados como el dato puntual de una calificación
universitaria. Y es mediante estos cambios donde se percibe el intento de
memoria que abarca esta escritura: tratar de dar cuenta de una vida improbable
y en riesgo de olvido en la mayor cantidad de dimensiones que se pueda. Sucede
entonces este efecto poderoso sobre la dicción, sobre el decir, que repercute
sobre la contemporaneidad de este relato. Al narrar esa vida, el tono
melodramático se impone. No porque sea un efecto buscado sino porque los datos
así lo reclaman: el rechazo familiar, los obstáculos institucionales, la
sordidez de la prostitución, la burla generalizada, la infancia denegada, los
sueños frustrados, los esfuerzos físicos y mentales, la excelencia opacada, la
clase interrumpida. Las escenas se acumulan con su filo y descubren el drama.
Esto nos resulta conmovedor porque, en plena decaída de los grandes relatos,
allí donde ya no se podría intentar hacer valer las grandes historias de amor,
allí donde las telenovelas parecen fracasar, las vidas trans parecen aún poder
reclamar un territorio virgen y propio. El melodrama se hace presente con toda
su vitalidad, no en lo que tiene de tristeza enfermiza sino de terca
obstinación por el deseo. El deseo se vuelve conductor del cuerpo frágil que es
lanzado a ese pasado, a ese presente y a ese futuro (todos estos tiempos están
comprendidos en el relato de la vida de Liliana), cada uno de ellos increíble y
precario. La vida trans, una vez que se la coloca toda junta en un mismo lugar
de dicción, se vuelve una vida de telenovela.
Para mí es ahí, en el tono, donde reside el mayor hallazgo de este relato.
¿Qué otras vidas nos aguantaríamos esté contada de esta forma actualmente? ¿Qué
reel soportaríamos con esta vida tan rosa de lejos? Ese tono no es un defecto
sino una virtud porque, calcado sobre la lucha trans, resulta en una audición
diferente de lo que allí se dice. Ahora que la sexualidad dominante ha
terminado por enturbiar ese sueño telenovelesco, ahora mismo que conservadores
y progresistas se pugnan por la propiedad, por la adecuación, por los pesares y
beneficios de un sueño semejante, las disidencias bien podemos reclamar con
todo derecho ese botín espurio como territorio liberado, olvidado, recién
descubierto, aún no conquistado. Sobre por qué una profesional seguía yendo a
las calles, se nos dice hacia el final de Cambio
y fuera: “Iba a Plaza Flores a buscar amor. Se sentía sola, soñaba con
enamorarse, casarse y tener tres hijos y dos perros, vivir en el campo en una
casa con flores amarillas en las ventanas, con las montañas de fondo”.
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