sobre Uwu, de Matías Heer. Fadel & Fadel. Buenos Aires. 2024.
Tal vez porque leí hace
poco Las gratitudes de Delphine de
Vigan, en lo primero en que pienso es en una mujer ya mayor que comienza a
enfermarse de su lengua y, cada vez más, se le vuelve más confuso (ella dice difuso) poder pronunciar bien las palabras. Traductor mediante, la protagonista dice de recuerdo cada vez que quiere decir de acuerdo. “Abatimiento / Al bastimento
/ Algo miento”. Cuando, como en este caso, el corte de versos insiste en su
desplazamiento, parece una anciana de asilo que ya no sabe valerse por sí misma. No en su cuerpo, sino en ese sitio transparente que es el pensamiento vuelto
lenguaje. Cuando lo perdemos, pasa a parecernos increíble que hayamos podido
utilizarlo tanto tiempo: “miento digo / muerte digo / mezcle digo / gente digo
/ puente digo / cómo se dice”.
También puede tratarse
de alguien que no está perdiendo su lengua sino solo le cuesta llevarla
adelante. Un tartamudo cuyo compás es el corte de versos mientras intenta
contarnos algo: “Con / la Tía / Momi / afincada / y el bra / mido Cie / go ira”.
Capaz es nuestro amigo o un alumno, ya
lo conocemos, entonces por eso lo mismo lo entendemos aunque habla todo
cortado en versos.
No
hay que descartar que se trate de un loquito, un fisura de los que hablan solos
por la calle. Siempre que espero el colectivo en veinticinco de mayo de noche
veo a un hombre hacer media cuadra de ida, media cuadra de vuelta, teniendo un
largo parlamento que insiste con algún tema mientras abre las manos: “Esa idea
de palta infinita / ya se afinó, ahora sale en plata 800, / 500, 900, según.
Esa idea / de mango infinita se afinó, / ahora sale 500 la unidad, / en barrios
más pudientes 1000”… Aunque no hace falta ni vivir en la calle ni estar
diagnosticado para tener una conversación frenética que no parece conducir a
ningún lado y da vueltas, casi sin darse cuenta o quién sabe, sobre su mismo
centro. Una conversación que está en otro lado o donde la escucha no entra, donde
no podríamos meter bocado. Una imagen más tenue de todo esto podría ser la
ebriedad: “Eh / eh / eh / Aguante / Agua / nteh / Eh eh aguante / bb aguante”.
Otra
que me gusta pensar es que es un niño en edad escolar. Llena toda la hoja en
ocasiones, en otras solo un pedacito. Puede hacer letras grandes o letras
chicas. Cuando dictamos no sabemos muy bien qué está pudiendo escribirse al otro
lado, y si pudiéramos ver esa escena en cámara lenta capaz sonaría así: “cada
cerca / cada cer / ca con su / baja / da con / su cerca / cerca ca / da cer”.
Separamos en sílabas para mostrarles a los recién llegados cómo funciona ese
motorcito. Cuando aprendemos a escribir tenemos que tomar esos pedacitos
invisibles que crecieron dentro nuestro después que nacimos y ponerlos delante,
cortarlos, repetirlos hasta poder volver a sellarlos con el hechizo de la
escritura. Lleva tiempo. Y eso mismo, alfabetizar, ahora se hace menos que
antes.
Pero
además podemos pensar en adolescentes. Cientos de adolescentes diciendo uwu,
uwu, uwu sin ningún sonido, solo con sus dedos, tantas veces como quieran. Tal
vez incluso clickeando stickers hermosos que dicen uwu. Migrantes digitales que
toman desde su pantalla trozos de animé, de inglés, de villa, de neutro, de náhuatl.
Diciendo uwu como gatitos, ladrando como perritos. Migrantes digitales y no tanto porque en varios versos acá se viaja.
Aunque
puede que sean otros raritos. Como cuando algunos hablantes inventan esa lengua
para decir lgtbqpiuyehfashhakrwhnd. O esos streamers que comienzan a pronunciar
algo y luego hacen como si tuviesen un buche en la boca y lo escupen. O los que
comentan que asaqsadfaddfghdfafdsa simulando una enorme emoción o un síncope. O
los que repiten un mismo término varias veces, como en la página veintidós “rixa?
/ rixa? / rixa?” con tono de martin cirio. Se taró. En todo caso, la rareza de
siempre que empieza descolocando la lengua y termina en el cuerpo porque el
cuerpo nació ahí aunque, judith mediante, atender a la perfomatividad del
lenguaje no supone desatender la materialidad que la soporta: “el pito me lo
pongo / en la oreja”; “mientras ella me tiene patas al hombro / y su pija me
llega al corazón”. Cuerpos desplazados en sus sílabas, claro. Entonces capaz el
texto habla así porque son raritos los que hablan. El ciclo cuir está aunque no
sea índice. Vale anotar que el libro termina dos veces. Una con una madre
pariendo y otra con un vago pajeándose. (Muy preciosa la elección de Matías de “nstrs”
o “cuerps” que haría que cualquiera que se precie de fch le llame
lgtbhu2haknxawuxa).
Niños
en edad escolar. Viejas frágiles. Discapacitados. Cuirs. Migrantes. No quiero
leer este libro, estos cortes de verso, desde el sitio más sencillo que nuestra
historia y formación puede darle. Me resisto a leerlo como un poema expandido,
una presencia de la contemporaneidad o el devenir claro y entendible de las
mutaciones de nuestra lengua poética (y por ella, de nuestra lengua misma). Las vanguardias históricas (y las de acá), los
modernistas, los objetivistas, y los noventa, y los que ya sabemos, pueden
leerse aquí. Están presentes y se dejan ver: “¡Ay claveles blancos desclavados
de los pitos!” es un verso de Vallejo y “Y ahí viene la moneda única. / Qué
cara la moneda única. / Carísima. La moneda lúnica” son cositos de El pibe de oro. Todo eso está ahí y podría
leerse, pero me preocupa cómo leer así nos resultaría tranquilizador en lugar
de revelador. Prefiero insistir en encontrar sujetos marginales, desposeídos de
la lengua que son tercos o se les va la vida en tratar de darse a entender a través de todos estos
desplazamientos. Una lengua se desconstruye por amor, para ralentizar y
obstruir su funcionamiento, para ponerla decía jacques, y qué bien suena
ponerla acá, para ponerla en un estado que se parezca a algo así como una
huelga general. Comenzar es desplazarse, ojalá que a eso que las lenguas siempre
terminan por ser. Qué era lo que queríamos, cómo se dice, algo en común.
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