no pondré mi cuerpo para esto


The endless way to you, Hundertwasser, 1966 




No pondré mi cuerpo. Me gusta tomarme el colectivo todas las veces que puedo. No llevar el celular, no tener datos. Participar de ese espacio público. No me importan las concesiones. Me parece maravillosa la idea de un vehículo que pasa cerca de nosotros y nos busca aunque no nos conozcamos. No me encariño con ningún chófer, no repito ningún rostro entre los asiduos. No aprendo un horario ni consulto las aplicaciones. Solo me encanta, me fascina esperar un colectivo y que llegue. Me asombra la perduración de una comunidad.


Si tomo el colectivo puedo palpar la ciudad a la que pertenecemos. Puedo enojarme con quienes no hablan o encontrar en sus silencios una realidad compartida. Puedo mirar de reojo sus comunicaciones, los jueguitos que reponen viejos solitarios de sobremesa. Puedo tratar de imaginar de dónde vienen, hacia dónde van. Si mandan audios, enterarme todavía más acerca de quiénes somos. Nunca escribiría una novela, nunca mantendría una trama, nunca construiría un personaje. Solo me quedaría expectante por la fragilidad magnánima de nuestra existencia. Me gusta tomarme el colectivo todas las veces que puedo. No ponerme auriculares. No entretener mis ojos en la pantalla. Estar disponible a la ciudad que atravieso. Atestiguar sus dominios como si revisara algo que me pertenece. Sorprenderme con la ventanilla abierta de las casas, los patios, el hall de los negocios. Visitar viñetas urbanas desteñidas. Comprobar el polvo de los vehículos. Medir cuánto tiempo de ciudad y colectivo me lleva un capítulo de este libro. Entender la respiración citadina de la novela que leo: inhalo al subirme, exhalo cuando estoy a punto de bajarme. Un capítulo de La amante del Restaurador me lleva lo que de casa al Hospital. 


Me gusta tomarme el colectivo. Sumergirme en una fantasía modesta donde no sé quién soy con exactitud. Entender que siempre estoy llegando a este mundo. Con desparpajo, con contundencia, con sobriedad. Bajarme como un inmigrante de los barcos, como un pasajero en la unión europea. Me gusta el evanescente pasaporte que me conduce por una olvidada ciudad de provincias, y me conmueve hasta las lágrimas saberme dentro de una cápsula que se mueve por esa ciudad colonial y anegada. Llevo conmigo tantísimos. Como si mis ojos pudieran recoger los pedazos de los cuerpos desmembrados de las adolescentes y susurrar a toda la carroña que no pondré mi cuerpo. No les he dado mi vida, ¿por qué les daría mi cuerpo? Sátelite, durmiente de trenes, rama enloquecida del timbó. Oiré el sonido de todas las marchas, cortaré en sílabas cada consigna. Intentaré tener el rostro atento al más mínimo de los movimientos. Pero no les daré mi cuerpo, mi cuerpo que viaja escondido ahora mismo, cruzando las estepas, pensando en amantes, sueño y alimento.


cómo son los espejos

 


Cómo es el otro lado del mundo. A veces es tanto el apabullamiento de nuestro alrededor que me detengo, como primer y única medida, como diminuta y angustiosa medida. Con tristeza, con gozo, con pavura me detengo. ¿Tantos años y no sé negociar con la realidad? ¿Qué tratos, qué almacenes, qué mercaderes? ¿Qué pactos de caballeros puedo extender, cada tarde, conmigo mismo al filo de todo lo que deseo? Desde el patio balcón veo el atardecer comenzar, un hombre revolver la basura y parecerse a los dos o tres que esta mañana me pidieron dineros y comidas o me ofrecieron sus bienes de ropavejeros a cambio de quién sabe cuánto. Cómo será al otro del mundo. Los últimos bombardeos sobre Kiev se vuelven una estampilla diminuta ante mis ojos. Tengo esas imágenes repletas de hermosura y magnificencia conmigo esta tarde en casa. Tengo toda esta distancia que la nada traza entre mi cuerpo y los escombros para que jamás nos toquemos, para que podamos vivir toda la vida sin conocernos. Cómo será el otro lado del mundo. El hombre que me llevó esta mañana no revuelve la basura pero trabaja de las seis a las nueve. Me da pudor responder cuánto trabajo. Decirle que me quedaré en casa. Durante una guerra, durante los largos exilios, durante las pestes alguien debe quedarse en casa. Cuidar las pertenencias, pasar la ceniza sobre la plata, cubrir la carne de los tallos ante las heladas. Cómo será el otro del mundo. Entro a mi barrio y pido a toda esta precariedad me cubra hasta mañana, me envuelva como a la princesa Anastasia mientras la Revolución triunfa. Tanto detenerme, tanto sopesar los carruajes, tanto maquillarme detenida sobre la fruta olvidada de los días. Tanto maniatar las prendas sutiles, los propósitos inmisericordes, la lenta letanía de las asunciones. Nunca cruzaré los espejos pero sabré con exactitud cómo se observa mí reflejo. No podré con su magia espesa, pero terca todos los días me preguntaré cómo son los espejos.

todo vuelve a mí ahora

 


La larga planicie de nuestros sueños. La proyección mullida. El inconsciente diario del mundo. El libro de las imágenes. El recorte de figuritas. El dulce clip alojado en nuestros ojos. Las tapizadas recámaras de nuestros párpados. El cofre dorado de nuestros celulares. La escama minuciosa de nuestra mirada. El ronroneo de la vibración en nuestros bolsillos. El papel glacé de las películas. El edredón de las series. Las cofias de rocío de cada telenovela. Las cintas importadas. Los vhs imantados. El abanico perpetuo de Youtube. Las películas en blanco y negro. La cajita de fósforos de cada dibujo animado. La estampita preciosa de la fotografía en este film. La pátina de hermosura impresa sobre cada fotograma de Sakura Card Captor. Las mil capturas de pantalla. El confeti bellísimo de las fotos de perfil. La premura de los flyers. Los círculos aterciopelados de messenger. Los álbumes familiares. El polvo que alcanza a capturar el proyector mientras se despliega. Los robustos dedos que han tomado esta cámara. Las piernas de los camarógrafos. Un dragón blanco de ojos azules. Cada bikini lucida en Gran Hermano. Hoy es nuestra emisión número ocho mil quinientos cuarenta y dos y estamos aquí para comenzar nuestros almuerzos de todos los días. Los decorados. La opulencia de Pornhub. Las líneas de ferrocarril incansables de los reels. Don Ramón cortando un pie de rosas para germinar. La fauna inaudita tras cada televisor. Olinda Bozán. Las canciones cuando terminan. Los abrazos que no nos dimos. Cada beso censurado del cuerpo de esta película. Niní Marshall. Enrique Pinti. Susú Pecoraro. Las manos de Benigno acariciando el vidrio divisorio en Hable con ella. Una vez Carmen Barbieri dijo que Almodóvar la había llamado. La firmeza de los pasos de Cristina entrando a la capilla ardiente. Ésta entrevista a China Zorrilla que hoy miro. Todos sus rostros mirando la cámara. Los dijes perdidos de cada una de estas imágenes. Todas las canciones de Glee sonando en mi corazón. El vídeo que hizo Pixar para la campaña it’s gets better. Las películas y las novelas en que los chicos se besan. Las novelas verticales. Los aposentos de Minecraft transmitidos en vivo y en directo. Holis bellos míos cómo están, soy yo, Martina, tu bella amiga. Antonio Gasalla. María Félix. Elizabeth Taylor. CNN en español. El atlas del cable. La primicia de nuestros ojos. La rueca insomne de las imágenes. Susana Giménez. Chespirito. La ley y el orden, unidad de víctimas especiales. La nieve cayendo lejos de mí. El secreto minarete de mis pensamientos buscando la materia de que están hechos los sueños. El fervor de mi letra intentando tocar las ilusiones. La materia con que trabajo es tan extensa. Lea Michele cantando It’s all coming back to me now. Todo vuelve a mí ahora. Todo vuelve a mí ahora y está conmigo. La necesidad de saber dónde se detuvo nuestro amor, en qué imágenes se quedó prendado, qué soñamos, a dónde nos dirigimos. Preguntarles a las imágenes qué queremos, tocar desesperados a sus puertas, pedirles que nos arrullen y nos consuelen. Traspasar su magma, su cinta helada, su frenesí inmaculado para al fin conocernos. 

el porvenir de una ilusión

 

 para Mal, enero de 2026




“Qué inquietante este lugar” escribe un usuario encima del fragmento que muestra la escenografía de El Chavo del Ocho en ruinas. No sé si estos pequeños vídeos que veo provienen de Tik Tok o de Youtube. Noto que fueron hechos por computadora, que sin pasar por ningún afuera, llegan hasta mis ojos desde la interioridad misma del aparato que recibió y recibe nuestras imágenes y ahora, como alguien que crece, nos muestra las suyas. Relamidos de inteligencia artificial, propagados en los shorts de Instagram, Youtube, Tik Tok, X y Facebook los vídeos no duran más de treinta segundos y son, entre el fárrago que miro, las joyas de la corona. Un triciclo tomado por la herrumbre, los postigos humedecidos en cada departamento, el musgo ya crecido. Las ventanas rotas, el barril a medio deshacerse. El piso sucio, la vecindad sin iluminar. Una cámara, una linterna, un foco que recorta lo que observamos y nos lo da a ver a pedacitos, envuelto en estética de misterio. Espero todo el tiempo algún fantasma, un creepy pasta, un personaje de Chespirito, el programa, vuelto un zombie de las imágenes, un superviviente de sus propias imágenes. El vídeo no me lo muestra. Se concentra, con inquietud y hermosura, solo en la escenografía. Y los materiales allí reunidos, la disposición de un decorado, la composición hueca del cartón pintado alcanzan para decir que sobre las imágenes acaba de pasar, qué increíble, el tiempo.

            Qué increíble. Qué fascinante. Qué horrible, qué precioso. Qué difícil. Mis ojos se van, mis ojos intentan pensar. No me interesa cómo hicimos estas imágenes. Me interesa esto que está pasando acá, ahora mismo, cuando este vídeo se presenta ante mis ojos. Que tengamos ganas de verlas, que se produzca, que circulen. Ese es el acontecimiento. Enseguida conecto el vídeo en mi memoria con todos esos canales de Youtube, antes que existieran los shorts, dedicados a contar la vida y triste final de personajes de series. Allí los actores perdían su identidad humana para convertirse todos ellos, incluido su destino de personas, su vida y triste final, en el libreto que alguna vez encarnaron. Porque las imágenes eran más fuertes que su identidad, los vídeos remitían en sus títulos al personaje sobre la persona. Respira hondo para ver cómo están las niñas de La familia Ingalls hoy. La trágica muerte del papá de Alf. La maldición de Glee. Muere hoy en Arizona Bengy Gregory, “Brian” en Alf. Cómo está hoy el niño de Mi pobre angelito. Cansados de preguntarnos por los frágiles cuerpos, hoy el vídeo que miro se pregunta por la escena, por aquello todavía más efímero que la actuación. Se pregunta por la superficie de las imágenes. Así se ve hoy la vecindad del Chavo.

            Así se ve hoy. Quiere decir. Mira esta distancia. Mide este desfasaje. Observa este cambio. Nota la diferencia. ¿Dónde existen las imágenes? Santo cielo, ¿dónde se guardan? ¿Por qué quieren conocer su futuro? ¿Ellas lo conocen? ¿Nosotros debemos descubrirlo? El algoritmo me da otro vídeo donde, más lejos, la interioridad del aparato muestra el set de La niñera lleno de sus protagonistas caídos en el suelo. Tan inmóviles, tan semimuertos, semivivos como la ia puede mostrármelos. Pasados de polvo, olvidados de todo, dejados allí mismo donde siempre estuvieron, donde siempre están, en la escena que filmaron. Como si los videítos quisieran mostrarme que por un lado la escena sigue, se repite, permanece. Está allí. Filmada, pasada en papel film, calcada sobre la luz. Y por otro lado, sigue, continúa, transgrede su propio destino y se aleja en el tiempo. Esto está aquí, permanecerá siempre así, pero por sobre esto mismo pasará el tiempo. Son el pasado pero soportan el futuro.

Desde su sitial, las poéticas de la vida cotidiana de La niñera y Chespirito que ahora mismo, esta noche y ante mis ojos, son visitadas por el presente para interrogarlas por su futuro… esas imágenes, digo, parecen aleccionarnos acerca del poder que detentan. Durante mucho tiempo internet solo fue el sitio donde intentar explorar qué pasaba después de la televisión. Cómo había terminado el dibujo animado cuyo final nos perdimos en la infancia. Qué fue de la vida del actor que perdimos de vista, nunca mejor dicho. La película que vi de pequeño. La canción que no sabía cómo se llamaba. El partido que quería volver a ver. El esplendoroso archivo. La televisión era donde esa vida empezaba, internet donde podía tener algún futuro. Y estos vídeos que estos días en casa veo, no son, a la final, tan distintos. Incluso si la televisión acabase, la continuidad seguirá existiendo. Las imágenes no cambian. Tienen memoria, se arrastran cargadísimas de sí mismas, van hacia sí mismas. El decorado sigue dispuesto como cuando hace cincuenta años Roberto Gómez Bolaños, desde el mismo set, desde el mismo libreto, desde sí mismo pidió a Enrique Segoviano tomase esa imagen. La cámara sigue enfocando el mismo plano. Me parece correcto. ¿No debiéramos, después de todo, siempre preguntarnos por la vida que vivimos?  

tres empanadas


 

 



No miro las galas. Me detengo a escuchar una entrevista a Nazareno, el último eliminado, realizada por Fede Popgold durante un segmento del streaming oficial La Jugada. Popgold, conductor del stream y youtuber acostumbrado a realizar entrevistas mano a mano relacionadas a historias de vida propicia este segmento como un a solas, con luz tenue e intencionalidad emotiva direccionada. (Ya hemos apuntado que la direccionalidad de la intención en el stream es una de sus características clave. Mientras en la televisión se entra y sale por vericuetos distintos de la emoción, es decir, la emoción se encuentra, en el stream la emoción se busca y construye con un objetivo claro: ahora vamos a reír, ahora vamos a llorar). En este sentido, Fede Popgold no tiene ningún prurito en comenzar la entrevista diciéndole a Nazareno que no sabía cómo abordarlo porque no sabe qué lo hace llorar. No ironizan sobre esto sino que lo hablan como una problemática o una ignorancia válidas. Nazareno cuenta, incluso, que estando dentro de la casa se preguntó por qué nada lo quebrabra. Habla de por qué nada lo llevaba a ese "límite", como un límite que quería encontrar. Y del que Popgold le reclama no haberlo visto. Repito, le reclama no haberlo visto como Nazareno se reclama no haberlo mostrado. Me quedo estupefacto. Me parece increíble que puedan hablarlo en esos términos. No disimulan. Hablan sobre la operatividad imaginativa, como imagen, de ese llanto y como algo esperable y deseable de ver y dar a ver en el formato. ¿Qué imágenes provocamos?

 

*

Ya hace un tiempo había pensado esto en relación a los conflictos abordados por los programas de espectáculo en temporadas bajas de la imaginación. Flor Vigna señalando las indirectas de su canción como una estrategia amañada de antemano con el famoso involucrado. Si bien he dicho que esto empobrece la ficcionalización, lo que es cierto, no me convence el adjetivo en cuanto pueda leerse como un juicio valorativo. No sé si este tratamiento no pudoroso, sin disimulo, mostrando todos “los hilos” de la ficción imaginativa la hace menor o mayor Si es cierto que le quita una densidad… ¿pero cómo saber si no le está dando otra?

¿Qué imágenes provocamos? No consigo mirar las galas de Gran Hermano: Generación Dorada. Al comienzo fueron la decoración de la casa este año y la pésima conducción de Santiago del Moro. Antes algo del protagonismo tomado por los participantes o del formato captando la narración televisiva, hacía más soportable esta conducción ediciones pasadas. Pero ahora que parte de esos condimentos se licuaron, las intervenciones de la conducción del programa (más allá de Del Moro mismo) se vuelven más evidentes o menos transitables. Esto no quiere decir que desde la enunciación del programa no hayan querido priorizar las imágenes producidas por el estanque de realidad de la casa. Desde la edición pasada hubo un corrimiento en el desarrollo de las galas por el cual se extendieron los momentos de pantalla plena de la transmisión en vivo de los participantes y se añadió flujo a sus quehaceres. Por ejemplo, transmitiendo varias nominaciones a la vez y luego volviendo al piso o abriendo la emisión y yendo a la casa de inmediato para que allí suceda algo que el conductor no anuncia. Gran Hermano sabe que su potencia está en el mirar de las imágenes que provoca, no en su narración posterior o simultánea. Sin embargo, siento que estos esfuerzos en Generación Dorada luego de la salida de Andrea del Boca naufragaron. Sobre la autonomía de su imagen en el formato ya tomé nota antes.

 

No consigo mirar las galas aunque lo intento. Me quedo en cambio con sus alrededores. All acces, un streaming de reacción oficial. Los segmentos de LAM dedicados a esta edición del formato. Los pasajes de Faranews dedicados a (re)ficcionalizar las imágenes de la casa. Los clips oficiales de la casa misma. Las síntesis propiciadas por Nick News. En cada una de estas situaciones lo que prima, incluso en la conversación entre los jugadores en el aislamiento, es la discusión sobre el sentido de las imágenes expuestas. Ya en anteriores ocasiones he querido resaltar este rasgo como una zona de productividad teórica del formato en su retorno televisivo. Durante la primer y segunda edición de este regreso, atestigüe las narrativas encontradas en X sobre los videos o la reposición de una narrativa faltante a las imágenes. Las "teorías conspirativas" no son en este caso otra cosa que pujas por el sentido de lo que se está viendo. Y en la continuidad de esa puja a través de las ediciones, me ha sorprendido el grado de sofisticación de ese pensamiento sobre lo que se ve y lo que se da a ver que han ido teniendo participantes y espectadores. En la segunda edición, los participantes detectaban movimientos de las cámaras. En la tercera, acertaban al conjeturar qué haría la producción en ese momento del juego. En esta cuarta, montan el personaje de principio a fin intentando no salir de su registro por el mayor tiempo posible. Discuten sobre lo que se actúa en el momento mismo de actuarlo: se detienen en el mismo momento de la transmisión de esa imagen. Quiero decir, cada vez tienen más conciencia de sí como imágenes.

Y la vez, refractan esto. Quienes ven dudan sobre los propósitos con los que algo es dado a ver por el participante o por la producción. Intentan adelantarse a los efectos de esa imagen o detenerlos. Y en sentido reinstalan una contradicción en nuestro vínculo contemporáneo con las imágenes. Necesitamos nos permitan imaginar, pero a la vez constreñimos sus lazos con la realidad. Exigimos credibilidad en lugar de creer. Desatados los reaseguros del efecto de realidad barthesiano, no sabemos dónde ubicar la representación.

 

*




En otro vértice de este campo de maniobras que las imágenes están haciendo con nosotros, la reciente muerte de Luis Brandoni hace que un usuario imagine un breve clip que observo en Youtube aunque no sepa con exactitud de dónde proviene. Como antítesis de las ruinas de la Vecindad del Chavo recreadas por IA de las ya he tomado notas antes, lo que aquí se propone es la muerte como ruptura del bucle que el set televisivo provocó. Al igual que en las ruinas de los sets de filmación, aquí se toma la imagen como permanencia y continuidad sobre la que el tiempo, de todos modos, puede acontecer. En este caso, a través del reencuentro en lugar del abandono. Brandoni vuelve a repetir la escena en que está encerrado, vuelve a subir al auto en que dirá el parlamento de las tres empanadas pero, librado por la muerte, encuentra a China Zorrilla en el lugar de su hermano. Se detiene. Las imágenes registran un seísmo, un rasgo de humanidad que irrumpe su continuidad monolítica de lo ya filmado. Toman conciencia las imágenes, la imagen de Brandoni, de lo que acaba de pasarle a su cuerpo. Se abrazan. Oye que le estaban esperando. Abre el auto. Saluda a Antonio Gasalla vestido en ese traje de Mamá Cora sobre cuya máscara y ropajes no se cansó de decir, entrevista a entrevista, cuánto le hartaba usar en esas filmaciones. Hablaba de eso cuando todos querían que hable del éxito de la película. Fiel a su registro actoral, en el clip lo abraza como la Vieja, su madre, lo haría.

sueltos fines de abril, primeros días de mayo

 


 

Quiero que tiemblen

sus estados de wasap,

el principado

del topacio.

 




Los bóxers

a través del día

van guardando

dentro suyo

modestos dragones.

Tantísimo vuelo

en alas plegadas,

papel glacé

brillante

y perfumado.

 

 




*

 

Sobre las vías de un reel,

Enzo Fernández tira

a la pileta nacarada

a su mujer Valu Cervantes.

Si detengo la cámara,

varias veces parece

que sus nalgas

globos trazados por la bikini

son el único rostro posible.

 




*

Perelín

 

En las pupilas de un niño

deberán caber

para siempre

la selva suntuosa

y el abigarrado desierto.

Tendrá que acariciar

dones aciagos,

alhajas ilusorias,

el esplendor

que no alcanza.

Volvamos a mirar

las planicies minúsculas,

el tiempo que atravesamos.

Todo este misterio,

hasta donde llegamos a ver,

nos pertenece.





*

 

En los bóxers,

los hombres guardan

terrones de azúcar.

Estiran sus manos

mientras caminan,

sacan de allí

y van dejando

esa nieve dulce

para los caballos

que relinchan

detrás de ellos.


 


*

 

Me agrada creer

la tela de cada bóxer

esconde

día a día

toros de

terciopelo.

 

*

 

Quiero hacerme un instagram

que quede muy lejos

de todos quienes conozco.

Tener siempre conmigo

un archipiélago

donde ocultarme.

Haberme mudado

todas las veces

a una ciudad

que no conozco.

 

*

 

Tenderé la ropa

entre lirios y mis dedos.

Trataré con tanto amor

las prendas íntimas

que el santo sudario

sonrojará nacarado

de verme lavar

nuestras manchas.


 

 

Atravieso las cinco esquinas.

 


Atravieso las cinco esquinas. Paso tras paso me convierto en un emoji, un sticker, una pegatina adhesiva. Calcomanías en los ojos del reloj municipal. Tenues departamentitos al interior de los adoquines de Racedo y Bajada de los Vascos. Intersección encantada entre esas calles, avenidas sueltas, vecindarios corazón de manzana. Romería inacabada en una peatonal desubicada. Atravieso las cinco y esquinas y pido un deseo. Quiero censar todas las veces que en esta ciudad se haya hecho el amor. Quiero conocer todas las ocasiones en que se comenzó, continuó y terminó de leer una novela en esta ciudad. Cuántas novelas se escribieron, qué películas se filmaron. Cuántos versos. Por cada habitante, un verso. Cuántos camalotes llegan, cuántos se van. Una aduana de morochos que partan la tierra y se sumerjan en el agua a contarlos. Una travesía fluvial nocturna. Un senderismo de montes sobre los edificios. Un avión. Atravieso las cinco esquinas. Necesito calcular lo que pasa tras estos muros. Cierro los ojos. Una ciudad sitiada. Un ejército a nuestras puertas. Muros de adobe, muros de luciérnaga, muros de yarará. Qué pasa tras estos muros. Pétalo tras pétalo, derrama la copa este mamotreto tornasolado. Atravieso las cinco esquinas. Me vuelvo un comandante y elevo mi circular perpetua. Quiero un claustro tras estos muros. Quiero novicias con lavativas de humedal sobre sus sexos. Quiero muchachos capaces de copular con las estatuas. Quiero bendiciones sirirí. Mando vagones llenos de té de jazmín, lapacho, aguaribay. Cosechamos rosa a rosa para hacer nácar, acuñar monedas, preparar anzuelos. Pescamos diminutos anillos engarzados. Exhibimos los huesos del Cardenal. Llenamos de algodón de palo borracho los féretros. Nos cubrimos de láminas enteras de atardecer. Hacemos guantes de piel de dorado. Tejemos las cúpulas azules y las repartimos como mantas capaces de cubrirnos en la nieve insomne que alguna vez, en toda la eternidad, vendrá a visitarnos.




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Delia Garcés en Él (1953) de Luis Buñuel.

glass menagerie

 


Mi barrio tan precioso. Las disciplinas humanistas con sus cuevas dulces. Las delicias, los aceites. Las ternuras de mi cuerpo. Los hombres fogosos que a veces me visitan. Los puntos suspensivos. Los poemas como piedras tamizadas. Los árboles. Las lluvias suaves. Las novelas como melaza. Los encajes del sol. Las mujeres opulentas. La timidez somnolienta. Los secretos tornasolados. La calma como manto antiquísimo. El exceso. Los cuadernitos. La dinastía predestinada de los gatos. Las bibliotecas íntimas. Los almacenes sabios. El dorado de la panificación. Los pétalos derramados del palo borracho. La precariedad iluminada. Los balcones amplios. Las películas en blanco y negro. Los rostros arrebatados por la cámara. Los cuadros descargados en alta definición. Los mensajitos más hermosos. El papel glacé. La repetición del té. El tiempo que hace nos conocemos. Un verso embebido de perfume. “Dientes de flores, cofia de rocío”. Las moneditas que vuelco para hacer mi almuerzo. La gracia nacarada del mate cayendo sobre mí. La perpetuidad de mi presencia en mí. El tintineo ronroneante del corazón. Las ventanillas del colectivo con sus tomas extraviadas. El azúcar quemada. Los centauros del fútbol. Las princesas dormidas. Capítulos viejos insomnes ante mis ojos. La adivinación tartamudeante de los sueños. La nieve en la pantalla. La citación de un artículo antes de internet. Un mail escrito hace muchísimos años. Un registro de la llegada de los dos mil en las torres gemelas. El telegrama encantado de mis ojos cerrados. El silencio como voto de castidad. Un romance medieval dormido en el fárrago de la web. El polvillo iridiscente de un emoji. La canela, el jengibre. Los bóxers. Un trabajado corte de versos. Las escamas de la brisa. Una ciudad de provincias. El carcaj preciosista de las catedrales. Las coincidencias. La caridad del horizonte. El glaciar mágico de sus barbas. La cocción del puchero. El velo de la luz. La hoguera de la leche tibia soplando sobre nosotros. El rosario diminuto del arroz. El cielo cúrcuma del mijo. Un pez carmesí sobre mi boca. El traje minucioso de los días. El deseo de las mojarras. El anís encerrado en medio de los mares. Los cuerpos grávidos de pornhub. El pistilo de una caligrafía. La letanía abrevada de un nombre. Pérez Galdós al 36, Madrid, España. La mañana parpadeando en mis manos. Los trozos furtivos del pensamiento. La lámpara frotada de las masturbaciones. Las ballenas extasiadas sobre el firmamento. La impresión de las fotografías. El archipiélago de mi departamento. Sirena el instante en que me hacen el amor. Cursiva de mis frazadas. Vitraux de mis abuelas. Dulzura incansable de la baraja. Ternura omnipresente. Indulgencia plenaria de conocerme.  

evitemos las mayúsculas estos días


 

Estos días siento alivio de no estar en la escuela este año. Un poco por los recortes, otro tanto porque pude elegirlo. Sin embargo, esto no quita la angustia que siento desde la masacre de San Cristóbal… creciendo estos días a través de las pintadas. Esas pintadas se esfuerzan por hacer que no haya sido un hecho aislado. Son su memorial, el pedido de no olvido. El sostenimiento de la situación que ejercen los gurises. Y que creo, en eso, aciertan. En un dialecto que no conocemos dicen “esto sigue”, “esto está acá”. Hay algo sano en eso. No alcanza, claro. No tengo la menor idea si algo alcanzará. Pero aprendimos a leer y escribir para comprender la realidad, para formar parte del mundo. Así que acá lo intento. En minúsculas y como puedo. 



la pintada de mi ciudad en que más me quede pensando decía “mañana mueren todos”. no tenía una fecha exacta, ni pedía que no vengan como las demás. apelaba a un temor más profundo, más extenso y compartido. podía volver a inscribirse en otro sintagma. no como las demás que anunciaban diecisiete barra cero cuatro tiroteo, como la fecha de un bingo, una salida, el arroba de un instagram. los flyers. “mañana mueren todos” me parece muchos días el texto que subyace a las noticias que miro en elonce o las que nos aparecen cuando circulamos por las redes sociales. fárragos de ruptura y anomia a los que hace demasiado estamos expuestos. ¿cómo no temer a los accidentes de tránsito? ¿a los paros cardíacos? ¿a los asaltos a mano armado? ¿a beber agua envenenada? ¿a enfermarse por el glifosato? ¿a ser estafados? ¿a perder el trabajo? está bien, el peligro siempre existe. pero su propagación continua, su traducción cotidiana en información, ¿nos hace bien? ¿nos hace mal? ¿nos divierte? ¿nos angustia? ¿nos prepara? ¿nos sacude? ¿nos silencia? ¿nos expone? ¿nos contagia? ¿nos despierta? ¿nos arropa? ¿nos tira? ¿nos mete? ¿a dónde vamos a compartir todo ese temor que, fugaz y perenne como un parpadeo, atraviesa el horizonte de nuestra mirada en la velocidad de un titular? ¿con quién hablamos de todo eso? mañana mueren todos. ¿a dónde se va tan rápido si no es a la llegada, a la meta, al final?

 

¿qué demoras proponer? ¿qué esperas?

 

¿se va algún lado cuando se va lento? ¿se deja de ir a algún lado? ¿se olvida en el camino? detengámonos acá. a ver. ¿me mostrás? ¿vos qué decías? quiero ver. ahí te quiero ver. cómo era. cómo dijo. qué dijo. no sé qué toque. no me toques. con mis hijos, no. hasta cuándo. por dónde. para qué. no sé cómo voy a hacer. me muero. estamos vivos de milagro. no sé cómo seguir.

 

tengo pocas certezas estos días. me entristece lo que pasa. intento ponerlo en palabritas para que no se vuelva angustia. bajo a tomar mate y poner los pies en la tierra. dejo el celular cada vez que voy a la escuela o a trabajar. me concentro. rezo. trato de no tragarme todo esto, lo pongo acá.

 

una de las poquitas claridades que tengo es más social que personal. viene más de afuera que de adentro. y celebro así sea. quiere decir que algo de la cultura hizo pasaje en mí, dentro de mí, me inscribió a la vida en común. quiero que digamos con claridad que tirotear una escuela está mal. no pido mucho. después seguimos. antes quisiera que digamos que está mal. acá no nos pegamos. nos sacamos la gorra en el comedor. me tenés que pedir permiso. acá venimos a aprender. así no nos gusta. no hacemos eso acá. eso en el baño. no tenés que tratar así a tus compañeros. no se mata a tu compañero. pedicelo bien. no nos tiramos las cosas. dáselo bien. nos sentamos. vamos a tratar de escucharnos. hacemos silencio. ruego que no escuchen en todo ello una tortura sino un lazo, no una restricción sino un intento, no una coerción sino la ceremonia mínima de la crianza colectiva. si las instituciones educativas fuésemos aparatos ideológicos del estado tan eficaces como viven creyendo, hubiéramos reprimido a ese chico antes que mate a otro. pero no somos la maquinita de the wall. ojalá. estos días. estos días en que la policía se tuvo que meter a las escuelas. en que el cge tuvo que ver que no hay una sola norma escrita que explicite que no vamos a la escuela a matar gente al azar. estos días que circula, para nuestro espanto, el borrador del proyecto de libertad educativa. estos días me pregunto si cuando más cerquita estamos de desarmar (des-armar, des-armar, des-armar) la escuela pública por diestra y siniestra, si estos días se cumple el sueño húmedo, la fantasía inconfesa de la sociología crítica y el análisis institucional de desnaturalizar, desestructurar, desentrañar, desarmar la escuela pública. lucidez más profunda sería alcanzar a pensar cómo sostener las instituciones. qué hacer en ellas. cómo estar ahí. ¿no se dan cuenta que no estamos a la vanguardia sino a la retaguardia?

 

voy un chiquito afuera. vuelvo a mí. trato, yo trato de que estar en mí sea íntimo y social a la vez. como leer una novela. estar dentro y fuera. quiero la vida así. entiendo la vida así. lo que yo conozco por vida es así. a mí me agrada mi vida, estar en el mundo, tener la ocasión de conocerme a mí mismo. no quiero que me mates. haré lo que está a mi alcance para que así no sea. ¿hago bien en sentirme alcanzado por tu amenaza? ¿hago mal? ¿te escucho? ¿no te escucho? ¿aparezco? ¿desaparezco? ¿me quedo? ¿me voy? ¿dónde me quedo? ¿a dónde me voy? ¿qué espero? ¿te espero? ¿no te espero? actores invisibilizados de la escuela secundaria actual dos puntos un adolescente armado. una escuela para todos. mañana mueren todos. las instituciones expulsan, excluyen, dejan fuera. yo no quiero que el muchacho armado vaya a la escuela. prefiero que ese día falte. a mí me gusta mi vida. quiero estar acá.

 

¿era necesario?

 

hagamos algo. tomemos una decisión. seamos claros. cuidémonos del sinsentido, a nosotros mismos, a todos quienes nos rodean. eso incluye los estudiantes, claro. renunciemos a algo. perdamos algo. no nos esforcemos más por algo. elijamos. sostengamos una práctica. conozcamos una práctica. seamos alguien. tengamos cuidado. probemos sin el celular. tengamos una pregunta mucho rato. tengamos el coraje de leer. hablemos. hagamos un escándalo. no nos olvidemos. escribamos nuestro nunca más de las escuelas. pongamos un límite. ayúdennos a poner un límite. intentemos por otro lado. el sentido común no le llega ni a los talones al sinsentido. se necesita un sentido más hondo, más largo, más antiguo. vayamos a buscarlo. tan lejos en nuestra experiencia como precisemos. preguntemos cómo era. imaginemos. pidamos. demos gracias. digamos por favor. digamos perdón. vayamos tan lejos como sea necesario. dónde conocí la vida. cómo era. cómo la comparto. repartamos trocitos de ese sentido más cálido, menos fugaz, más precioso, más nutricio. estemos aquí. embebamos de presencia la presencia. criemos. eduquemos. eduquemos. civilicemos. eduqemos. demos pasaje. hagamos. volvamos a educar.

tilda swinton ve nevar

 

 



Miro La habitación de al lado y siento, claro, extrañeza. No esperaba comodidad, y no la obtengo. Ni siquiera sabemos si ese nombre es la traducción. Nos sienta tan natural decir "la habitación de al lado" en lugar de "the next door". El autocorrector, configurado en nuestra lengua, lee "dolor" en lugar de "door". El siguiente dolor.

 

Y es cierto que aunque imaginemos el título en español, entre nosotros se pierde el deslizamiento a la continuidad que el "next" supone. No es menor ya que el asunto de la película es la continuidad. ¿Qué es lo que sigue?

 

Mirar una película de Almodóvar en inglés, leer su guión a través de los subtítulos, es una de las imágenes del futuro. Esa imaginación futura se va superponiendo en la película, pese al saldo de continuidades y rupturas. Entre las continuidades, resulta hermoso mirar a Tilda Swinton hablar por teléfono mientras riega las plantas del balcón. La escena hace serie con esos balcón vueltos bazar de Átame y Mujeres al borde de un ataque de nervios. También se siente lindo cuando, a media película, nos damos cuenta que se trata otra vez de mujeres cometiendo crímenes, consiguiendo evadir las fuerzas del orden, encontrando en sus debilidades la filigrana suficiente para llevar adelante sus tretas. Merecen llamarse continuidad, además, los colores, los trazos gruesos, el exceso pesado que los cuerpos soportan. New York mismo como un tulipán cargado que se inclina bajo su propio peso en las habitaciones.

 

Entre las rupturas, el idioma no es la única. No hay varones que sean tomados por la pasión femenina. Apenas hay dos, uno de ellos ya usado, y otro desdibujado. Las mujeres aquí buscan otra experiencia. Tampoco hay estridencias. El drama de La habitación de al lado alcanza su clímax a través de gestos domésticos y cotidianos. La pintura sobre los labios. El grifo de agua. La puerta cerrada. En este sentido de reconcentración que la película posee también cuenta la brevedad temporal. En los dramas de Almodóvar siempre han sido necesarias las largas temporalidades. Incluso en Madres paralelas, cuando esa temporalidad era más breve (así y todo alcanzaba para embarazarse y parir), esa distancia corta era contrastada con la extensión del pasado que la memoria de la guerra superponía a la actualidad. Aquí no hay una carga de pasado que se superponga, sino que se la abandona. El pasado está allí como un sitio que no nos ata ni sujeta. Ni siquiera alcanza a explicarnos.

 

Tal vez este sea uno de los sentidos más fuertes en que La habitación de al lado interpela un futuro que no es personal sino social. En todo sitio nuestras protagonistas se codean con la vida ya vivida. Encuentran sus libros cuando van a librerías repletas de biografías. Las vidas son un resto escribible, materia de la ficción, incluso entre sus planes. Podrían visitar galerías, escuchar música, lo mencionan aunque no lo hagan. Ya han pasado por las guerras: están sus fotos en las habitaciones. Alquilan una casa de campo sobre cuya pared observamos, al verlas volver, una pared laminada de libros. Los pintores del siglo xx las esperan en las paredes, y los dvds les ofrecen lo que se filmó. Ellas escogen sus gestos dentro de un inventario abarrotado. Ha pasado ya demasiado.

 

¿Cómo se abandona el mundo? ¿Cómo se lo desdibuja? Esa pregunta se vuelve más poderosa cuando Julianne Moore la toma para sí. Ya que enlazar esa pregunta a la muerte propia, como Tilda está obligada a hacerlo, quita fuerza al interrogante. Somos quienes estamos en el mundo quienes debemos preguntarnos cómo se lo abandona. Cómo se lo toma y deja al mismo tiempo. ¿Qué sitios quedan por atravesar? Las formas más extensas y comunitarias de la muerte están agrupadas por el film a través de la guerra, el fanatismo religioso y el cambio climático. Esas maneras comunitarias muestran sus insuficiencias e injusticias. En cambio, la forma más empequeñecida y personal, la forma familiar de la muerte que llevan adelante, no recibe de parte de los demás la misma legitimación que las otras. Esa es la denuncia del texto.

 

Sin embargo, más allá de esa marca que la película rastrea, está la continuidad como pregunta, como narración, como deseo. Esa conciencia de contacto con el futuro está inscripta en los copos de nieve rosa que Martha ve para nosotros y que son, reconforta saberlo, un buen símil de la expectación posible de una película de Almodóvar en lengua en inglesa. Mirarlos no equivale ni al suicidio ni a la eutanasia, sino a la curiosidad.

una foto del equinoccio de otoño tomada por Moni en casa

 


día fuera del tiempo

 

Este es nuestro día fuera del tiempo. No el que el calendario maya tramó hace siglos, pesando invisibilidad por invisibilidad los nudos apergaminados del tiempo. Sino el que labramos piedra a piedra en los portentos de nuestro propio nombre. Fotitos en blanco y negro, hilos recién bordados. Corazones recientes, pieles vueltas porcelana por el paso del tiempo. Éste es nuestro día fuera del tiempo, donde las barajas se trocan y las lámparas confunden el sendero a iluminar. Atardecer en las ventanas, copas de flores derramadas de los árboles, grititos tenues intentando atraer marineros insignes, aventureros exóticos, preciosos desaparecidos más allá del tiempo. Acá estamos. Más allá del tiempo, intentando los comodines, invirtiendo los signos. Los pueblos no existen, pero ustedes lo soñaron. Con horror, con dulzura, con el cáliz precioso de la historia nos ungieron de cal, otoño y firmamento. Agitaremos pañuelos en los puertos, ya no sabremos nunca de dónde hemos emigrado. Perderemos la cuenta de si fue este un exilio, la resistencia perlada de una ciudad sitiada o el éxodo en el desierto. Fuera del tiempo, prestas a preparar un pueblo a la vera de los ríos, frente a los ferrocarriles insomnes del pasado, en el punto más alto de las crecientes.






barajas



 

Cuando recién comienzo a tocar una baraja, todo el tiempo en que nos vamos conociendo, suele suceder que se repiten las mismas cartas. Un Hijo de Copas hablando de mis emociones derramadas; un Tres de Bastos al derecho y al revés, insistente en mi posición frente a los caminos. Un Colgado, maravilloso y perfecto, dejándose ver entre los altarcitos domésticos. Una Reina de Oros, un Nueve de Oros. Con luminosidad, un Loco un día y otro día y otro día. Cada carta que sale se quedará cuanto menos un día a la vista de mi y mis tareas. Y por eso, como la baraja es reciente y trae consigo la belleza de tantas imágenes que aún no aprecié suficiente. Por eso, digo, quisiera pronto salgan otros arcanos, otros númenes. Tardan, tardan, en la repetición de los días, en las emociones o las situaciones empantanadas en que no se sale, como en un horóscopo fácil, de un día para otro. Tardan.

 

Tardan y dan mayor festividad al momento en que aparecen. Anoche no dormí, no por el desvelo sino por estar pasándola bien. Llego tarde a casa, me digo todo estará bien. Me duermo unas horas, entro en la mañana con la tranquilidad asustada de quien no hace esto hace mucho tiempo. No sé cómo proceder. Llegan mis padres. Todo estará bien, me repito. Podrás atravesar con felicidad este tramo. Nos enjuagamos en el cariño, la novedad, los planes. Damos rienda suelta. Hacemos mandados, cocinamos. Estamos en las siestas y percibo otra vez a la tranquilidad asustarse. Recuerdo que, agua de las flores, no cambié las cartas de ayer. Las recojo. Acaricio la baraja. Me levanté de la mesa y me dirigí a ella en busca de confianza. ¿Cuál sería la mejor carta que querrías sacar en este momento? ¿Qué carta te diría que todo está bien? Pienso en el término confianza y de inmediato pienso en La Estrella. Sé que es un atrevimiento. Acaricio las cartas y les pido que sea esa, que el más allá me diga que todo estará bien. No hay por qué hacer tanto drama, pero un saludo de pañuelos en el muelle, una brisa de perfume dejada al pasar, un signo hojaldrado me haría confiar más en mí. Así lo pido, así se los digo en el aposento silencioso de mi corazón, cuando tomo la carta y veo en ella al Mundo. El último arcano, la bóveda final, la perfección maravillosa de estar aquí. Arrójate y verás dice el Loco. Estás lista para participar en el mundo, dice el Mundo desde su fina, su antiquísima, su estridente danza.