no seamos livianos

 


La fotografía es de Sergio Perdomi y fue tomada en ocasión de que un circo atravesase Venecia algún día del siglo pasado. No me gusta cuando la vida se vuelve un bazar. No tengo cuenta personal, pero cuando entro desde las redes de la editorial o el almacén, instagram me parece un mercado perpetuo. No por las ventas sino por el murmullo, los exhibidores, las mesas tendidas. Una galería siempre abierta. Un museo que no cierra donde podríamos llevarnos lo que quisiéramos o tomar por cualquiera de los pasillos. Creo que deben estarse pudiendo realizar todas las combinaciones, poniendo al revés unas y otras maneras, brindando todos los datos.

 

No quiero enterarme de todo. No quiero estar al tanto de lo que sucede. Quiero que las noticias tarden en llegar hasta mí, y que lo hagan en mensajitos de quienes conozco, de quienes podrían golpear las manos en casa. Quiero que seamos elefantes en la cristalería. Quiero que no podamos comprarnos todas las joyas. Quiero que estén lejos los países que están lejos, y me sean desconocidos todos cuantos me son desconocidos. Quiero pasarme la vida preguntándome el nombre de alguien. Imaginar lo que hacen cuando no los veo. No verlos cuando no los veo.

 

Quiero que haya un día secreto sobre el que jamás pueda haberse escrito nada. Un episodio perdido, una grabación sin tomar. Una fotografía revelada en finísimas capas sobre nosotros mismos. El meteorito oculto en nuestros cuerpos, el código cifrado.

 

No tenemos por qué participar del presente. Nuestra vida no es el tiempo que vivimos sino todo el tiempo que existe. Algo más profundo y único, sin concesiones. Un tiempo mucho más soberano que el tiempo. Como dice un poema de Marianne Moore, no es fácil desmontar un tigre; pero si duermes sobre un elefante, tendrás reposo. Quiero mecanismos pesados y lentos, puertas de algarroba, mosaicos, olores de habitación. Los bazares son hermosos escaparates de paseo. Los bazares no son sitios donde vivir.

lenguas que importan

sobre Uwu, de Matías Heer. Fadel & Fadel. Buenos Aires. 2024.

Tal vez porque leí hace poco Las gratitudes de Delphine de Vigan, en lo primero en que pienso es en una mujer ya mayor que comienza a enfermarse de su lengua y, cada vez más, se le vuelve más confuso (ella dice difuso) poder pronunciar bien las palabras. Traductor mediante, la protagonista dice de recuerdo cada vez que quiere decir de acuerdo. “Abatimiento / Al bastimento / Algo miento”. Cuando, como en este caso, el corte de versos insiste en su desplazamiento, parece una anciana de asilo que ya no sabe valerse por sí misma. No en su cuerpo, sino en ese sitio transparente que es el pensamiento vuelto lenguaje. Cuando lo perdemos, pasa a parecernos increíble que hayamos podido utilizarlo tanto tiempo: “miento digo / muerte digo / mezcle digo / gente digo / puente digo / cómo se dice”.

 


También puede tratarse de alguien que no está perdiendo su lengua sino solo le cuesta llevarla adelante. Un tartamudo cuyo compás es el corte de versos mientras intenta contarnos algo: “Con / la Tía / Momi / afincada / y el bra / mido Cie / go ira”. Capaz es  nuestro amigo o un alumno, ya lo conocemos, entonces por eso lo mismo lo entendemos aunque habla todo cortado en versos.

 

No hay que descartar que se trate de un loquito, un fisura de los que hablan solos por la calle. Siempre que espero el colectivo en veinticinco de mayo de noche veo a un hombre hacer media cuadra de ida, media cuadra de vuelta, teniendo un largo parlamento que insiste con algún tema mientras abre las manos: “Esa idea de palta infinita / ya se afinó, ahora sale en plata 800, / 500, 900, según. Esa idea / de mango infinita se afinó, / ahora sale 500 la unidad, / en barrios más pudientes 1000”… Aunque no hace falta ni vivir en la calle ni estar diagnosticado para tener una conversación frenética que no parece conducir a ningún lado y da vueltas, casi sin darse cuenta o quién sabe, sobre su mismo centro. Una conversación que está en otro lado o donde la escucha no entra, donde no podríamos meter bocado. Una imagen más tenue de todo esto podría ser la ebriedad: “Eh / eh / eh / Aguante / Agua / nteh / Eh eh aguante / bb aguante”.

 

Otra que me gusta pensar es que es un niño en edad escolar. Llena toda la hoja en ocasiones, en otras solo un pedacito. Puede hacer letras grandes o letras chicas. Cuando dictamos no sabemos muy bien qué está pudiendo escribirse al otro lado, y si pudiéramos ver esa escena en cámara lenta capaz sonaría así: “cada cerca / cada cer / ca con su / baja / da con / su cerca / cerca ca / da cer”. Separamos en sílabas para mostrarles a los recién llegados cómo funciona ese motorcito. Cuando aprendemos a escribir tenemos que tomar esos pedacitos invisibles que crecieron dentro nuestro después que nacimos y ponerlos delante, cortarlos, repetirlos hasta poder volver a sellarlos con el hechizo de la escritura. Lleva tiempo. Y eso mismo, alfabetizar, ahora se hace menos que antes.

 

Pero además podemos pensar en adolescentes. Cientos de adolescentes diciendo uwu, uwu, uwu sin ningún sonido, solo con sus dedos, tantas veces como quieran. Tal vez incluso clickeando stickers hermosos que dicen uwu. Migrantes digitales que toman desde su pantalla trozos de animé, de inglés, de villa, de neutro, de náhuatl. Diciendo uwu como gatitos, ladrando como perritos. Migrantes digitales y no tanto porque en varios versos acá se viaja. 

 

Aunque puede que sean otros raritos. Como cuando algunos hablantes inventan esa lengua para decir lgtbqpiuyehfashhakrwhnd. O esos streamers que comienzan a pronunciar algo y luego hacen como si tuviesen un buche en la boca y lo escupen. O los que comentan que asaqsadfaddfghdfafdsa simulando una enorme emoción o un síncope. O los que repiten un mismo término varias veces, como en la página veintidós “rixa? / rixa? / rixa?” con tono de martin cirio. Se taró. En todo caso, la rareza de siempre que empieza descolocando la lengua y termina en el cuerpo porque el cuerpo nació ahí aunque, judith mediante, atender a la perfomatividad del lenguaje no supone desatender la materialidad que la soporta: “el pito me lo pongo / en la oreja”; “mientras ella me tiene patas al hombro / y su pija me llega al corazón”. Cuerpos desplazados en sus sílabas, claro. Entonces capaz el texto habla así porque son raritos los que hablan. El ciclo cuir está aunque no sea índice. Vale anotar que el libro termina dos veces. Una con una madre pariendo y otra con un vago pajeándose. (Muy preciosa la elección de Matías de “nstrs” o “cuerps” que haría que cualquiera que se precie de fch le llame lgtbhu2haknxawuxa).

 

Niños en edad escolar. Viejas frágiles. Discapacitados. Cuirs. Migrantes. No quiero leer este libro, estos cortes de verso, desde el sitio más sencillo que nuestra historia y formación puede darle. Me resisto a leerlo como un poema expandido, una presencia de la contemporaneidad o el devenir claro y entendible de las mutaciones de nuestra lengua poética (y por ella, de nuestra lengua misma). Las vanguardias históricas (y las de acá), los modernistas, los objetivistas, y los noventa, y los que ya sabemos, pueden leerse aquí. Están presentes y se dejan ver: “¡Ay claveles blancos desclavados de los pitos!” es un verso de Vallejo y “Y ahí viene la moneda única. / Qué cara la moneda única. / Carísima. La moneda lúnica” son cositos de El pibe de oro. Todo eso está ahí y podría leerse, pero me preocupa cómo leer así nos resultaría tranquilizador en lugar de revelador. Prefiero insistir en encontrar sujetos marginales, desposeídos de la lengua que son tercos o se les va la vida en tratar de darse a entender a través de todos estos desplazamientos. Una lengua se desconstruye por amor, para ralentizar y obstruir su funcionamiento, para ponerla decía jacques, y qué bien suena ponerla acá, para ponerla en un estado que se parezca a algo así como una huelga general. Comenzar es desplazarse, ojalá que a eso que las lenguas siempre terminan por ser. Qué era lo que queríamos, cómo se dice, algo en común. 


golden hour

Cada atardecer,

la golden hour

es un cum tribute

del sol

para juli poggio

y todas las mujeres

cuyas fotografías

no podría poner aquí.


La luz se vuelve

pornográfica 

al tocar la luz.





agobiados de llanto, y los vientos en popa

 



Y entonces descendimos a la nave,

Enfilamos quilla a la rompiente, a la mar divina, y

Erguimos el mástil e izamos la vela en la nave prieta,

Embarcamos ovejas y nuestros propios cuerpos

Agobiados de llanto, y los vientos en popa

Nos impulsaban con velas panzudas,

De Circe esta nave, la diosa del peinado minucioso.

Nos sentamos en el sollado, el viento trababa el timón,

Y con velas tirantes cruzamos el mar hasta el final del día.

El sol a su modorra, sombras cubren el océano,

Llegamos a los confines de las más altas aguas,

A las tierras cimerias, y ciudades pobladas

Cubiertas de niebla de apretada trama, jamás perforada

Por destello de luz solar

Ni tachonada de estrellas, espiando desde el firmamento

La noche más prieta amortajaba a estos infelices mortales.


Ezra Pound

comienzo del Canto I

traducción de Jan de Jager




ÚLTIMA HORA - Irán y Rusia llevarán a cabo ejercicios navales conjuntos en el Golfo de Omán y el norte del Océano Índico mañana. 

tres poemas para Antonella Rocuzzo

Quisiera no ser yo.

Tener amigos,

solo para enviarles

tu fotografía

como una postal.


*


Azúcar impalpable,

miel gastada,

fécula dulce.

No sabría

penetrarte,

sino agasajar

tus labios.


*


Hagamos en telegram

un mapamundi desplegado,

un mapa celeste,

una álgebra

de la que caigan

todas las tildes.




serenísimas y lujosas crisálidas

 



Índices enguantados, anillos de sombra, gotas de almíbar y sangre, dientes de leche. Gajos, hilos de seda, oscuras cáscaras estrelladas. Pezón de leche, tajadas, cuevas verdes, huevos diminutos de jalea carmín. Ciruelas de oro, dedal de sexo extravagante, lámpara, libro dorado, mitades. Terso carozo, pequeños senos de púrpura prisionera. Cuando recorremos las delicadas páginas de este poemario, damos a cada tropieza con la elucubración de espacios cerrados, recintos donde a la cáscara de las frutas suceden otras hechas de piel, encuadernación, montaña, metal, porcelana. Los elementos que pueden cerrar un contorno son muchos, como los recortes que pueden darse a nuestro alrededor. El poema aparece como el dispositivo perfecto para escriturar un fruto, un recuerdo, una escena, un ínfimo espacio, un secreto, una sensación. Cada una de esas imágenes enumeradas se corresponde con las provincias de la fruta, aquellas de las que proviene o con las que se encontrará. No se trata solamente de volver a mirar sus formas, y por el extrañamiento permitirnos verlas como dedales, hilos de seda o anillos de sombra. Más allá de este procedimiento, superpuesto consigo el poema profundiza el procedimiento para tomar pequeñas porciones (gajos, mitades, tajadas) y volver a ellas metáforas. ¿El fruto sitio de las metáforas, urna de las mismas, contención, límite de las metáforas…?

 

Aquí todo parece ha sido hecho para ser recortado. Cuando con las bananas nos quedamos oyendo el noticiero de otro reino, asistimos al esplendor de ese troceo. Las frutas no son un reino aparte, sino las migajas del más allá, su profecía, su evidencia. Toda fruta será mordida, todo reino hermoso será arrasado. El poema se presenta frágil, asustado, sorprendido, humilde, indefinido, que son, justamente, el léxico sensorial al que Amanda recurre para figurar los encuentros de las gotas con el plato, la cuchara con el fruto. Si las frutas son las noticias de otros mundos, qué decir de nosotros que por ellas nos alimentamos. Por eso los encuentros con las mismas no se compone tanto como descubrimiento sino como experiencia, suceso: “Doy vuelta sobre un caballo blanco”, nos dice Amanda mientras come el coco que solitario se ha instalado en el comedor y en su encuentro se ha convertido en el circo de mi niñez.

 

También otros frutos proceden como si fuesen cámaras fotográficas, proyecciones de cinematógrafo donde se guarda la memoria de las visitas en casa de las tías. Los frutos acceden a tantos mundillos que los nuestros también se encuentran allí: “Las castañas están a la altura del recuerdo”. ¿No hay tiempo dentro suyo? ¿Convocan el pasado solamente o también llevan consigo sitios donde nunca estuvimos? En ese mismo texto Amanda llama a las castañas “frutos medievales”, porque aquí la memoria del tiempo conduce cada aparición. Todo esto se superpone, se entremezclan recuerdo, pequeñez, encierro y futuro, como en este pasaje del segundo poema dedicado a las castañas:

 

Detrás

en su caja bordeada de festón y puntillas

                      están los capullos

                                los cofres

                      bajo un blanco pétalo glaceado

-la bella durmiente del bosque-

-la princesa extranjera “marrón glacé”-

serenísimas y lujosas crisálidas.

 

En la crisálida anidan los insectos, no los frutos, antes de convertirse en algo que no saben que serán. Pero aquí insisten, con serenidad y lujo, calmas y ricas, estas crisálidas bajo un pétalo glaceado: contienen dentro suyo, entonces, el futuro, la transformación. ¿En qué podría transformarse aquello que ya es hermoso? ¿Qué dirá la bella durmiente al despertar? El trozo de poema, la oración, se arma en capas sucesivas, alejándonos cada vez más del secreto porque un fruto es eso, un mecanismo de distancia con los secretos, la contención inaudita, el amurallamiento de un saber que nos es vedado, como en el Paraíso. Un fruto es la distancia que se tiene con el secreto, su anidamiento, su sueño, su hervor, y por ello hay un espejo en la vidriera de la bombonería y detrás una caja, donde se guardan capullos, cofres, a los que se cubre con un pétalo glaceado y, además, con dos metáforas consecutivas: la bella durmiente y la princesa extranjera, antes de convertirla, finalmente, bajo dos adjetivos en crisálidas. Durante este libro una sola metáfora, una sola comparación no alcanza nunca y cada poema extiende varias, a veces enlazándolas incluso, porque el fruto es una caja de metáforas, los bombones derramados, devorados detrás de la vidriera.

 

Aquí la lengua manifiesta abundancia, como en la riqueza de nuestros alimentos. Cada adjetivo sopesa la experiencia, y la lleva un poco más allá de sí desdibujando los sentidos con que llegaban a nosotros: “miel ensordecedora”, “ácida aparición”, “pulpa impenetrable”. Hay más de un sentido como hay más de una metáfora porque el fruto huye en cada poema, cual los dátiles en la boca, no se trata de capturarlo. Así como las crisálidas preparan un futuro imposible desde el corazón de las castañas, las uvas se parecen a la luna en el otoño todavía joven o queden en el aire las insoportable alucinaciones del membrillo. Todo viene de lejos, pero también todo está dispuesto a continuar.

 

¿Nosotros seremos, como los higos, ahorcados “por robar un manojo de lujuria”? Las muchas referencias a la leche, la sangre, el dulzor, la desnudez, la observación embebida. Cada fruta es fruto del deseo, como nosotros, y tal vez por eso en ella nos identifiquemos. Como en el poema de las frutillas, donde somos nosotros quienes, al cubrirlas de crema las ayudamos a dar a luz:

 

De pronto se las cubre –no siempre-

con crema blanquísima

y las frutillas emergen

                                    dando a luz

jugosas sutiles criaturas

de caperuza escarlata

                                    entre crisantemos lechosos.

 

No están fuera del sexo entre los frutos el remordimiento y los nacimientos. En cierto modo, son también maneras de preguntarse por aquello que será tener un cuerpo –eso que desde la crisálida se sospecha puede transformarse- y a la vez cómo hacer para conservar ese cuerpo a través del tiempo, cómo alimentarlo, cómo conducirlo entre los delitos del deseo:

 

También nosotros vamos a ciegas

                                                           por las calles

palpando apenas

               las duras cáscaras partidas

               nuestros párpados sin sueño.

 

No nuestros ojos, sino aquello que los cubre. Aquí se entra a la vida por sus vestiduras, entendiendo que no llegaremos a deletrear los interiores, pero sabiendo también que nuestros ojos pueden cansarse pero más no nuestros parpados. Los frutos pertenecen al insomnio del cuerpo, su permanencia muda pero significante, su miel ensordecedora. Caídos del árbol, palpando apenas, sin idioma que les alcance ni metáfora que les baste son cada fruto nuestros más refinados espejos. De dónde salen “esos tostados oleosos insectos”, se pregunta Amanda ya desfalleciendo, hacia el final del libro a propósito de los maníes. De dónde provienen esas “breves ásperas secuencias”, “apretadas criaturas escolares rubias”. El nombre acompañado de varios adjetivos, cubierto por ellos. El alimento ya cocido, el plato ya preparado, la prueba de que fuimos dados a luz en un mundo anterior a nosotros donde cupieron el alimento, el sexo, la espera y el rocío. ¿Hasta dónde llega, pues, la sencillez dulce de aquel vuelo?





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fotografía de Marisa Negri

o to be a dragon

Si, como Salomón...,

yo pudiera cumplir mi deseo


-mi deseo... ¡ay, ser un dragón!,

símbolo del poder del cielo- del tamaño

del gusano de seda o inmenso; invisible a veces.

¡Extraordinario fenómeno!






O to be a dragon


If I, like Solomon,

could have my wish—

my wish ... O to be a dragon,

a symbol of the power of Heaven—of silkworm

size or immense; at times invisible.

Felicitous phenomenon!


Marianne Moore en O to be a dragon (1959) 

traducción de Olivia de Miguel

fotografía de Martín Bonetto


"Con máscaras y colas de animales es común encontrar a los que realizan “quadrobics” para imitar sus movimientos, desplazándose con sus cuatro extremidades. Están quienes, como Aguará, llevan estos movimientos un poco más allá: toma carrera, se impulsa con las piernas y pega un salto que parece haber sido practicado muchísimas veces, luego aterriza primero con las manos para amortiguar su cuerpo y posicionar bien sus piernas sobre el pasto". “Me identifico con un perro”: quiénes son los therians y por qué dicen sentirse como animales. Malena Nazareth Martos para Clarín. 9 de febrero de 2026.

oh raza de labios de abandono / hechizada por la vehemencia




Itinearios 


Tu cuerpo y el lazo de seda rústica que conduce a las plantaciones de la

costa

al sudor de tu cabellera quemada por las nubes

a los instantes inolvidables

-tantas mutaciones de nómada y de clandestinidad

tantos homenajes a una belleza salvaje

que exige el desorden-

                                      ¡oh raza de labios de abandono

hechizada por la vehemencia!

y nuestra fuerza de profundos besos y tormentas

para el infierno de los amantes

hasta volver a su placer fantasma

a su ola de hierro de ayer detrás del mundo!

Aquellos hoteles...

Todas las rampas de la vida cambiante

la velocidad del amor el mágico filtro de la excomunión

la hambrienta luz del desencuentro en nuestras venas de azote

cartas desamparadas antiguas prosas de la noche de los abrazos

y el solitario frenesí de las palmeras

cuando en la ausencia

creciendo hacia mi pecho el fondo de la tierra me devuelve de golpe todas

nuestras caricias

el nudo furioso de la pasión en las negras argollas del tiempo

aquellos moblajes de desvalijamiento y de lluvias

luz de senos en el mar y sus gaviotas y músicas

sobre un altar de desunión con grandes lunas fascinantes sin más pradera que

tus ojos

país incorruptible

país narcótico

con risas del alcohol del viento

y tu pelo sobre mi cara

y las cálidas bestias doradas por el trópico

y el jadeo abrasador de la ola que vuelca en tu corazón su grito de espasmo y

de caída

y de nuevo esos lugares intactos para el sol

y de nuevo esos cuerpos ilesos para el amor

en medio del perezoso meteoro del día

levantando hacia el alma aquel esplendor

los paroxismos el lecho de las dunas y de la corriente con sus besos en

marcha

y las tareas de los amantes mientras la llamarada de la muerte brillaba

alrededor de sus cuerpos

como un afrodisíaco

avivando el deseo

el hambre

aquella furia de ayer detrás del mundo!



Enrique Molina

en Amantes antípodas (1961)












Un jugador de la selección argentina protagonizó una fuerte pelea en la Bundesliga. Exequiel Palacios quedó en el centro de la escena durante el empate entre Bayer Leverkusen y Borussia Mönchengladbach, tras un altercado que detuvo el partido y encendió la tensión en el Borussia-Park. (09 de febrero de 2026)



Tardo varios días en encender una vela, sacar una carta, poner en remojo mis intenciones. Uno siempre creería que las labores espirituales resultan más sencillas a las físicas. Tomar parte en un asunto parece más fácil cuando lo que se hace es rezar, pedir, agradecer, desear. Encender una vela parece un gesto mínimo y sencillo. Sin embargo, puede tomarnos días llegar a la tersura suficiente de nuestro cuerpo, la jornada y el departamento. La suavidad lleva tiempo, generaciones enteras de rocío para llegar a nosotros. Uno creería que es fácil hacerse cargo espiritualmente de un asunto, mas necesita cúmulos de concentración y maravilla dispuestos para encender una vela pensando, efectivamente pensando que se está en lo correcto y se toma parte en el espléndido y caótico concierto del mundo.






Fotografía de Marisa Negri, en las ceremonias de Iemanjá de este año en la costa atlántica. 

buscar amor

 


sobre Cambio y fuera de Jesuana Aizcorbe. La Ventana ediciones. Paraná. 2025.

Los datos biográficos están difuminados. Liliana nace a fines de la década del sesenta, pero no se dice exactamente cuándo. Liliana nace en una provincia del oeste argentino, pero no se sabe cuál. Se menciona el promedio de su carrera universitaria como Ingeniera, pero no se enuncia el título específico. Se refieren estudios de posgrado, pero se escamotea cuáles. Hasta su muerte, trabaja en una institución prestigiosa que no se menciona aunque se ofrezcan datos suficientes para reponer su nombre. Tampoco se saben con exactitud, en esto libro y realidad parecen coincidir plenamente, las causas de su muerte. Ese año es aclarado, pero no la fecha. Sin embargo, eso no obtura que aparezca una serie concreta de sitios donde fue llorada, ni la cita del poco afectivo mail institucional que informó su muerte o de la respuesta politizada que esa reacción generó en la agrupación Las Curie. Se esparcen datos concretos acompañados por un fondo difuminado donde la historia busca, al mismo tiempo, tanto estabilizarse como desestabilizarse. Como en las novelas o en las series unitarias, parece que algunos datos darían igual y otros no. Se construye el personaje, pero también se le dan márgenes de libertad. El gesto es ambiguo, pero específico del relato que se está presentando. Se da a ver, y la vez se protege y resguarda. Cambio y fuera es un libro de narrativa basado en la vida de una mujer trans de nuestro país y por eso mismo, por aquello mismo sobre lo que narra, recurre a una forma específica de la clandestinidad que configuramos las disidencias sexuales. Estar y no estar, ver y no ver, decir y no decir. Tal y como sucedía a Liliana con los compañeros de trabajo que la topaban en Plaza Flores o los clientes que la dejan en la parada del colectivo a la luz del día mientras hablan acerca de sus hijos. Tal como le pasa con su familia. La transición de género (nuestra protagonista la comenzó a principios de este siglo) es un gesto ostensiblemente relacionado con el dar a ver. Repercute sobre el régimen visual que domina en la perfomance del género tal como nuestra sociedad la construyó. Sin embargo, en ese mismo dar a ver revuelve alrededor suyo una clandestinidad que se añade a la visualidad. ¿Qué sabemos y no decimos? ¿Qué sabemos pero no sabríamos decir? El baño de Liliana en la institución nunca estuvo señalizado. Ni ver ni saber son lo mismo que decir. Este libro trabaja sobre ese aspecto.

            La vida de Liliana es narrada a través de escenas donde se superponen puntos de vista, voces y temporalidades. A veces incluso sobre el mismo capítulo. La autora no evita todos los cambios de registro necesarios: aparecen textos en verso en los momentos más álgidos del libro, tan bien utilizados como el dato puntual de una calificación universitaria. Y es mediante estos cambios donde se percibe el intento de memoria que abarca esta escritura: tratar de dar cuenta de una vida improbable y en riesgo de olvido en la mayor cantidad de dimensiones que se pueda. Sucede entonces este efecto poderoso sobre la dicción, sobre el decir, que repercute sobre la contemporaneidad de este relato. Al narrar esa vida, el tono melodramático se impone. No porque sea un efecto buscado sino porque los datos así lo reclaman: el rechazo familiar, los obstáculos institucionales, la sordidez de la prostitución, la burla generalizada, la infancia denegada, los sueños frustrados, los esfuerzos físicos y mentales, la excelencia opacada, la clase interrumpida. Las escenas se acumulan con su filo y descubren el drama. Esto nos resulta conmovedor porque, en plena decaída de los grandes relatos, allí donde ya no se podría intentar hacer valer las grandes historias de amor, allí donde las telenovelas parecen fracasar, las vidas trans parecen aún poder reclamar un territorio virgen y propio. El melodrama se hace presente con toda su vitalidad, no en lo que tiene de tristeza enfermiza sino de terca obstinación por el deseo. El deseo se vuelve conductor del cuerpo frágil que es lanzado a ese pasado, a ese presente y a ese futuro (todos estos tiempos están comprendidos en el relato de la vida de Liliana), cada uno de ellos increíble y precario. La vida trans, una vez que se la coloca toda junta en un mismo lugar de dicción, se vuelve una vida de telenovela.

            Para mí es ahí, en el tono,  donde reside el mayor hallazgo de este relato. ¿Qué otras vidas nos aguantaríamos esté contada de esta forma actualmente? ¿Qué reel soportaríamos con esta vida tan rosa de lejos? Ese tono no es un defecto sino una virtud porque, calcado sobre la lucha trans, resulta en una audición diferente de lo que allí se dice. Ahora que la sexualidad dominante ha terminado por enturbiar ese sueño telenovelesco, ahora mismo que conservadores y progresistas se pugnan por la propiedad, por la adecuación, por los pesares y beneficios de un sueño semejante, las disidencias bien podemos reclamar con todo derecho ese botín espurio como territorio liberado, olvidado, recién descubierto, aún no conquistado. Sobre por qué una profesional seguía yendo a las calles, se nos dice hacia el final de Cambio y fuera: “Iba a Plaza Flores a buscar amor. Se sentía sola, soñaba con enamorarse, casarse y tener tres hijos y dos perros, vivir en el campo en una casa con flores amarillas en las ventanas, con las montañas de fondo”.

nuestra ínfima casa



Pensaba en un poema de Valiant llamado "Diapositivas" donde sobre la pared de 'nuestra ínfima casa' se proyectan imágenes viejas de seres queridos. En ese poema, las imágenes, de repente, se ven gigantes y contrastan con la modestia del sitio que las aloja y la finitud de la vida que las produjeron. Como nuestro sitio en el cosmos, las diapositivas son pequeñas, a la manera de postales diminutas, chips magnéticos, memorias de cámara que viajan a través del tiempo y el espacio para allegarse a nosotros y proyectarse, de repente, de maneras agigantados dentro nuestro. Se proyecta, guarda y refleja. Se mira y no se toca parece, todo el tiempo en los poemas que ahora releo, un lema venido no de la prohibición sino del deslumbramiento. Un partido del Barcelona, la serie Cosmos de Carl Sagan, un escote en el trabajo, la vía láctea desde las escaleras de mi barrio. Se mira pero no se toca. Se da a ver: "te mostraría bien cerca el movimiento de un púlsar". Y subrayo se da a ver, porque un púlsar es "un gran faro que alumbra / a las naves intergalácticas". "Siempre puedo ver esa franja de luces turquesas", cuando habla de la vía láctea. "Nos vemos bien", cuando los alienígenas narran su parada rutera por la tierra. "Mientras mirás el horóscopo del diario", cuando piensa en algo y se confunde. "Donde antes hubo una estrella / ahora podemos ver". Se mira pero no se toca también quiere decir estamos aquí, esto somos, así nos tocó. No es melancolía, tampoco lamento. A veces es aburrimiento, pero tambíen entusiasmo y fascinación. Muchas veces es confusión. En todos los casos, una actitud diligente y atenta a la superficie que observamos: entrerrianas yendo al gym, partidos de fútbol, series viejas, páginas, pantallas. Incluso la luz. 


Las tres ediciones que este fanzine ha tenido en nuestra ciudad corresponden a proyectos editoriales en que Manu estuvo involucrado. De allí proviene la transparencia y liviandad de estos poemas, dado que su escritura parece un ejercicio contiguo de su publicación. El poema parece escrito para ser puesto así en esta página, ésta página parece hecha para escribir en ella un poema así. El tratamiento estética es el mismo. Se trata de objetos, diapositivas, datos, señalamientos que, aunque no sean imágenes, reciben adelantándose al tiempo y el espacio un tratamiento similar: "Hay razones para creer / que hay objetos exóticos desconocidos". ¿No los podríamos conocer nosotros? ¿Tan distintos podrían ser? La diapositiva del cosmos se proyecta agigantada sobre nuestra ínfima casa. Los átomos contienen espacios en blanco, pero nosotros persistimos en el error.