Índices
enguantados, anillos de sombra, gotas de almíbar y sangre, dientes de leche.
Gajos, hilos de seda, oscuras cáscaras estrelladas. Pezón de leche, tajadas,
cuevas verdes, huevos diminutos de jalea carmín. Ciruelas de oro, dedal de sexo
extravagante, lámpara, libro dorado, mitades. Terso carozo, pequeños senos de
púrpura prisionera. Cuando recorremos las delicadas páginas de este poemario,
damos a cada tropieza con la elucubración de espacios cerrados, recintos donde
a la cáscara de las frutas suceden otras hechas de piel, encuadernación,
montaña, metal, porcelana. Los elementos que pueden cerrar un contorno son
muchos, como los recortes que pueden darse a nuestro alrededor. El poema
aparece como el dispositivo perfecto para escriturar un fruto, un recuerdo, una
escena, un ínfimo espacio, un secreto, una sensación. Cada una de esas imágenes
enumeradas se corresponde con las provincias de la fruta, aquellas de las que
proviene o con las que se encontrará. No se trata solamente de volver a mirar
sus formas, y por el extrañamiento permitirnos verlas como dedales, hilos de
seda o anillos de sombra. Más allá de este procedimiento, superpuesto consigo
el poema profundiza el procedimiento para tomar pequeñas porciones (gajos,
mitades, tajadas) y volver a ellas metáforas. ¿El fruto sitio de las metáforas,
urna de las mismas, contención, límite de las metáforas…?
Aquí
todo parece ha sido hecho para ser recortado. Cuando con las bananas nos
quedamos oyendo el noticiero de otro reino,
asistimos al esplendor de ese troceo. Las frutas no son un reino aparte, sino
las migajas del más allá, su profecía, su evidencia. Toda fruta será mordida,
todo reino hermoso será arrasado. El poema se presenta frágil, asustado,
sorprendido, humilde, indefinido, que son, justamente, el léxico sensorial al
que Amanda recurre para figurar los encuentros de las gotas con el plato, la
cuchara con el fruto. Si las frutas son las noticias de otros mundos, qué decir
de nosotros que por ellas nos alimentamos. Por eso los encuentros con las
mismas no se compone tanto como descubrimiento sino como experiencia, suceso:
“Doy vuelta sobre un caballo blanco”, nos dice Amanda mientras come el coco que
solitario se ha instalado en el comedor y en su encuentro se ha convertido en
el circo de mi niñez.
También
otros frutos proceden como si fuesen cámaras fotográficas, proyecciones de
cinematógrafo donde se guarda la memoria de las visitas en casa de las tías.
Los frutos acceden a tantos mundillos que los nuestros también se encuentran
allí: “Las castañas están a la altura del recuerdo”. ¿No hay tiempo dentro
suyo? ¿Convocan el pasado solamente o también llevan consigo sitios donde nunca
estuvimos? En ese mismo texto Amanda llama a las castañas “frutos medievales”,
porque aquí la memoria del tiempo conduce cada aparición. Todo esto se
superpone, se entremezclan recuerdo, pequeñez, encierro y futuro, como en este
pasaje del segundo poema dedicado a las castañas:
Detrás
en
su caja bordeada de festón y puntillas
están los capullos
los cofres
bajo un blanco pétalo
glaceado
-la
bella durmiente del bosque-
-la
princesa extranjera “marrón glacé”-
serenísimas
y lujosas crisálidas.
En
la crisálida anidan los insectos, no los frutos, antes de convertirse en algo
que no saben que serán. Pero aquí insisten, con serenidad y lujo, calmas y
ricas, estas crisálidas bajo un pétalo glaceado: contienen dentro suyo,
entonces, el futuro, la transformación. ¿En qué podría transformarse aquello
que ya es hermoso? ¿Qué dirá la bella durmiente al despertar? El trozo de
poema, la oración, se arma en capas sucesivas, alejándonos cada vez más del
secreto porque un fruto es eso, un mecanismo de distancia con los secretos, la
contención inaudita, el amurallamiento de un saber que nos es vedado, como en
el Paraíso. Un fruto es la distancia que se tiene con el secreto, su
anidamiento, su sueño, su hervor, y por ello hay un espejo en la vidriera de la
bombonería y detrás una caja, donde se guardan capullos, cofres, a los que se
cubre con un pétalo glaceado y, además, con dos metáforas consecutivas: la
bella durmiente y la princesa extranjera, antes de convertirla, finalmente,
bajo dos adjetivos en crisálidas. Durante este libro una sola metáfora, una sola
comparación no alcanza nunca y cada poema extiende varias, a veces enlazándolas
incluso, porque el fruto es una caja de metáforas, los bombones derramados,
devorados detrás de la vidriera.
Aquí
la lengua manifiesta abundancia, como en la riqueza de nuestros alimentos. Cada
adjetivo sopesa la experiencia, y la lleva un poco más allá de sí desdibujando
los sentidos con que llegaban a nosotros: “miel ensordecedora”, “ácida
aparición”, “pulpa impenetrable”. Hay más de un sentido como hay más de una
metáfora porque el fruto huye en cada poema, cual los dátiles en la boca, no se
trata de capturarlo. Así como las crisálidas preparan un futuro imposible desde
el corazón de las castañas, las uvas se parecen a la luna en el otoño todavía
joven o queden en el aire las insoportable alucinaciones del membrillo. Todo
viene de lejos, pero también todo está dispuesto a continuar.
¿Nosotros
seremos, como los higos, ahorcados “por robar un manojo de lujuria”? Las muchas
referencias a la leche, la sangre, el dulzor, la desnudez, la observación
embebida. Cada fruta es fruto del deseo, como nosotros, y tal vez por eso en
ella nos identifiquemos. Como en el poema de las frutillas, donde somos
nosotros quienes, al cubrirlas de crema las ayudamos a dar a luz:
De
pronto se las cubre –no siempre-
con
crema blanquísima
y
las frutillas emergen
dando a luz
jugosas
sutiles criaturas
de
caperuza escarlata
entre
crisantemos lechosos.
No
están fuera del sexo entre los frutos el remordimiento y los nacimientos. En
cierto modo, son también maneras de preguntarse por aquello que será tener un
cuerpo –eso que desde la crisálida se sospecha puede transformarse- y a la vez
cómo hacer para conservar ese cuerpo a través del tiempo, cómo alimentarlo,
cómo conducirlo entre los delitos del deseo:
También
nosotros vamos a ciegas
por
las calles
palpando
apenas
las duras cáscaras partidas
nuestros párpados sin sueño.
No
nuestros ojos, sino aquello que los cubre. Aquí se entra a la vida por sus
vestiduras, entendiendo que no llegaremos a deletrear los interiores, pero
sabiendo también que nuestros ojos pueden cansarse pero más no nuestros
parpados. Los frutos pertenecen al insomnio del cuerpo, su permanencia muda
pero significante, su miel ensordecedora. Caídos del árbol, palpando apenas,
sin idioma que les alcance ni metáfora que les baste son cada fruto nuestros
más refinados espejos. De dónde salen “esos tostados oleosos insectos”, se pregunta
Amanda ya desfalleciendo, hacia el final del libro a propósito de los maníes.
De dónde provienen esas “breves ásperas secuencias”, “apretadas criaturas
escolares rubias”. El nombre acompañado de varios adjetivos, cubierto por
ellos. El alimento ya cocido, el plato ya preparado, la prueba de que fuimos
dados a luz en un mundo anterior a nosotros donde cupieron el alimento, el
sexo, la espera y el rocío. ¿Hasta dónde llega, pues, la sencillez dulce de
aquel vuelo?
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fotografía de Marisa Negri
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