La fotografía es de Sergio Perdomi y fue tomada en ocasión de que un circo atravesase Venecia algún día del siglo pasado. No me gusta cuando la
vida se vuelve un bazar. No tengo cuenta personal, pero cuando entro desde las
redes de la editorial o el almacén, instagram me parece un mercado perpetuo. No
por las ventas sino por el murmullo, los exhibidores, las mesas tendidas. Una
galería siempre abierta. Un museo que no cierra donde podríamos llevarnos lo
que quisiéramos o tomar por cualquiera de los pasillos. Creo que deben estarse
pudiendo realizar todas las combinaciones, poniendo al revés unas y otras
maneras, brindando todos los datos.
No quiero enterarme de
todo. No quiero estar al tanto de lo que sucede. Quiero que las noticias tarden
en llegar hasta mí, y que lo hagan en mensajitos de quienes conozco, de quienes
podrían golpear las manos en casa. Quiero que seamos elefantes en la
cristalería. Quiero que no podamos comprarnos todas las joyas. Quiero que estén
lejos los países que están lejos, y me sean desconocidos todos cuantos me son
desconocidos. Quiero pasarme la vida preguntándome el nombre de alguien.
Imaginar lo que hacen cuando no los veo. No verlos cuando no los veo.
Quiero que haya un día
secreto sobre el que jamás pueda haberse escrito nada. Un episodio perdido, una
grabación sin tomar. Una fotografía revelada en finísimas capas sobre nosotros
mismos. El meteorito oculto en nuestros cuerpos, el código cifrado.
No tenemos por qué
participar del presente. Nuestra vida no es el tiempo que vivimos sino todo el tiempo que existe. Algo más
profundo y único, sin concesiones. Un tiempo mucho más soberano que el tiempo.
Como dice un poema de Marianne Moore, no es fácil desmontar un tigre; pero si
duermes sobre un elefante, tendrás reposo. Quiero mecanismos pesados y lentos,
puertas de algarroba, mosaicos, olores de habitación. Los bazares son hermosos
escaparates de paseo. Los bazares no son sitios donde vivir.

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