hola, archivo

Dentro tuyo reverberan más tiempos de los que pueden asirse. Oigo entrevistas viejas a una figura televisiva que estos días me atrae. En las preguntas de actualidad, en los títulos previos, en las presentaciones aparecen viajeros del tiempo. ¿Cómo hago para desligar esas figuras de lo que serán? El archivo muestra algo más complejo que un derrotero o la persecución de un aprendizaje. No muestra transformaciones sino situaciones. No sé si las presentifica, pero me doy cuenta que las muestra como estaban, como están, como siguen estando. El archivo no enseña sino que muestra, bulle, solicita. Quizás desconstruye por sí mismo, hace seísmo de sí mismo.

 

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¿Para qué hicieron estas imágenes? ¿Para el envío televisivo? ¿Para la grabación? ¿Para el intento? ¿Para el archivo? Las imágenes pierden eje, se deslindan su denotación. No hay contenido explícito. ¿Hay algo? ¿Qué materiales son estos?

 

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Oigo entrevistas a una vieja figura televisiva. Me mimetizo con su vocalidad. Quiero tener teléfono fijo, tomar taxis, ir al teatro. Quiero equivocarme en los mismos sitios de su vida donde dice haberse equivocado, haber participado de Nuevo Teatro, vivir los setenta. Quiero haber fumado a los treinta y haberlo dejado. Dar esta entrevista con esta sobriedad, ésta con este tono, ésta con este desparpajo. Quiero asombrarme de mi propia capacidad de adaptarme a tantos sitios diferentes. Quiero exponer esta queja con este mismo parlamento. Tengo la repetida sensación de que aquello que muestra el archivo exuda vida. Aquello que está dentro suyo aparece ante mí como el sitio donde la vida sucede, está sucediendo, se despliega como relato al que puedo inscribirme a continuación. No hay en su exposición clausura sino continuidad, la adscripción a ese novelar puede darse ahora mismo, en el momento mismo de la expectación. ¿Será este un efecto de la extensión del archivo? ¿Será una consecuencia de su magnificencia, su carácter de intratable, su desproporción alcanzada? Reside en él la ilusión, se constituye en una de las formas más refinadas de la ilusión.

 

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Trabajo con el archivo, con las imágenes, con la literatura. Trabajo con la ilusión. Escribo una larga novela romántica. Puedo aquilatar la ilusión con que este vídeo luce. Puedo darme cuenta cuánto está vivo aquí aunque no sepa lo que es la vida. El archivo nos exonera de entender y nos entrega al tacto de los ojos. Qué misterio. Qué superchería. Qué preciosa dicción.




no sé quién soy




No estaré nunca donde pretendan encontrarme. Hablaré de banalidades cada vez que esperen de mí profecías, leeré con solemnidad la risa, pasaré por alto los sitios más importantes. Cuando crean que saben qué me interesa, estaré ocupado estudiando la trayectoria de los astros. Me perderé en el Siglo XIX, la evolución de las lenguas romances, las más olvidadas encíclicas papales. Anotaré mil referencias, subrayaré decenas de papeles, tendré genuinos propósitos de leer cada una de las referencias de este libro. Me parecerá tacaña la vida que no me permite ser cada uno de estos doctores, cada una de estas mujeres exiliadas, cada uno de estos cineastas. Querré todas las veces dedicar mi vida a formarme como, pondré sobre mí las escenas iniciales de cada uno de los aprendizajes. Me enamoraré de mujeres cuando menos lo esperen y amaré a los hombres más inescrupulosos del orbe. Mi cariño por ustedes será inextinguible y aunque no pueda entregarlo sobre cada uno de vosotros, dejaré que se disperse y derrame, se caduque y abunde, se prodigue como una lluvia inmarcesible que igual les moja.



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libertad lamarque en eclipse de sol de luis saslavky, 1943

wsp




Preciso dejar aquí, como plantaciones de aromáticas, las dos tildes para que sus ojos las llenen de azul en nombre de las compañías telefónicas. Preciso abandonar aquí estas tildes sobre el sitio arado por las pantallas, en las habitaciones vacías que cada contacto engendra. Dejarlas como adornos vacíos, como diminutas líneas de telégrafo que mis dedos tuercen con ternura para que sus ojos, sus ojos llenen de azul y entonces pueda recogerlas, como a frutos en almíbar de los que llenan, dios mío, mis ojos y mis dedos.


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Planto este algodón para que crezca, azul y lozano, regado por el monzón de sus ojos en las avenidas, los metros y colectivos. La inundación desconsolada de sus ojos, la pantalla que se abre ante sus rostros y tantea hasta dar con sus ojos, incrustadas piedras, artefactos delicados, software edénico. Sus ojos riegan dulcemente este algodón vacío, estas letras imaginadas, estas efímeras cerezas azules de mi rostro.


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Precioso es saber que tus dedos hacen vibrar esta cajita musical al otro lado de las estepas y los pantanos. Tus dedos provocan ahora mismo un seísmo diminuto, infantil y humilde sobre mi cama, mi ropa, las baldosas. Tus dedos provocan terremotos de molde sobre mi departamento, aturden pájaros y preciosidades, tañen la porcelana. El mensaje que tus ojos dictan llega, terrible, hasta sacudir los pequeñísimos mares, los mares nunca cartografiados de las interioridades. Destruye provincias enteras el mandato de tus dedos, el corcel educado que llega hasta aquí galopando tus líneas.




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libertad lamarque en eclipse de sol de luis saslavsky, 1943



buenos deseos




Ayer me acordé de los buenos deseos. Preparé galletitas en forma de estrellas y me acordé de los buenos deseos. Desde que comenzó diciembre, dejé de lado los budines que hice todo el año y volví a la receta de galletas que tanto gustan a mi sobrina y mi mamá. Ahora en forma de estrellas, para quedar a tono con la temporada. Siempre me hace sonreir ver cómo las dejan los cortantes, el firmamento de azúcar y harina que conforman sobre la bandeja del horno.

Y también, además de sonreir, preguntarme siempre si conservarán su forma. Si seguirán siendo estrellas cuando las levante con cuidado de la mesada, cuando las corra para hacer sitio en la bandeja, cuando las saque para dejarlas enfríar. Preguntarme siempre si mantendrán su forma de estrellas cuando las pongo en algún sobre papel madera, cuando tomen conmigo el colectivo, cuando tanto más tarde del amasado y los cortes, del polvo de hornear y la vainilla, lleguen a la boca de otros a los que pretendo alimentar de estrellas. ¿Durarán? ¿Tendrán consigo el aroma, la dulzura, la suavidad? ¿Se volverán agrias en algún mal paso? ¿Perderán la rigurosidad de sus puntas? ¿Se chocarán entre sí? ¿Se arrugarán como una piel huidiza y efímera?
¿Será esto la ternura de que tanto hablamos? Me pregunté, como todas las veces, cómo era posible que algo tan frágil conservara su forma. ¿Cuánto dura un hervor? ¿Cuánto tiempo estará cocido el alimento que cocemos? Cocinaba y recordaba la maravilla que sentí el año pasado cuando una tarde de primavera llevé un budín, un cuchillo y un repasador hasta el aula de la facultad y al abrir allí la pócima, el preparado, los brebajes, nos inundó a todas la frescura de las naranjas como si en vez de un alimento hubiese preparado un perfume. Inventarié para mí mismo todos los quehaceres del día, todo el tiempo que había pasado entre preparar ese budín y cortarlo. ¿Cómo era posible que luego de atravesar tantos espacios y tiempos distintos estuviera allí intacto el secreto que el fruto guardaba?
Un deseo puede ser un aliento, una promesa, una compañía que inventamos para lo diminuto, frágil, modesto. Para aquello de lo que estamos hechos. Un soplo que se entrega a embarcaciones precarias que deberán enfrentarse, no hay otra, al asedio de todos los peligros. ¿Cómo es posible que encontremos igual nuestras casas en medio del bosque? Como cuando extravío el placer que sentía, como cuando no encuentro al entrar a casa la calma preciosa que había dejado. Cuando no logro reponer el sabor, la sensación, el encanto. Como cuando cada una de estas pequeñas desgracias sucede, una copa que se vuelca, una estrella que se deshace. Entonces hay que prestar oídos, auscultar y reparar las mil capas invisibles de que estamos hechos. Todos los hechizos pueden volver a hacerse. Todas las gracias pueden volver a encontrarse. La vida no es una vez sino para siempre.
Estas vísperas mis deseos son más pequeños y tranquilos, se parecen a lo que les pido a las estrellas, una a una, pensamiento a pensamiento, cada vez que las hago. Estrellas de harina, papel y monedas, todo lo que deseo es que nuestros corazones sean frascos de perfume que, al abrirse, tengan las fragancias conque fueron hechos. Quiero decir, que ningún maleficio, ningún desperfecto, ningún ajetreo del día y sus tumultos alcance a derramar el ápice redondeado, sedoso y agraciado de aquello que es hermoso en nosotros. Que podamos entrar y salir de todas las temporalidades que necesitemos, que recorramos de principio a fín las ciudades pero que, al caer la noche, descubramos que las estrellas no perdieron ni un ápice de su brillo inmaculado.




 

Antes de nacer, los pimpollos de las rosas en los pueblos de mi provincia asemejan cúpulas de catedrales que se levantan contra el atardecer. Pero después, cuando las rosas abren resultan más bien ovnis flotando a ras del suelo, demasiado cerca nuestro. Esquirlas aterciopeladas de meteoritos muy finos que rasgaron nuestra atmósfera más próxima cuando menos lo esperábamos. Aterciopeladas y mullidas naves no identificadas que podrían llevar dentro reliquias, trocitos de corazón, sangre noble y apenas derramada.

divino tesoro




Hablábamos acerca de la riqueza sin distancias. Parientes de una dinastía venida a menos, emperadores en el exilio, conservábamos en la miseria nuestras costumbres de antaño. Nuestras monedas eran un recuerdo mil veces rememorado, fugaces cosquilleos sobre las manos, hectáreas mentadas en la ensoñación que embriaga el día. Hablábamos sobre la riqueza como barcos cargados de alhajas que fueron detenidos por aduanas intransigentes, por puertos encantados, por imposibles corrupciones del decoro. Usábamos la porcelana gastada, los vocablos con abolengo, la cáscara de los carruajes que nos conducían con dignidad entre las avenidas. Dábamos a luz gallos de pelaje impertérrito, nueces tornasoladas, magnolias obscenas. La belleza podría una capa desleída por el paso del tiempo. Hablábamos de la riqueza como de una herencia irresuelta, un legajo dorado detenido en escribanías de mármol y rocío. Zurcíamos con el fino hilo del siglo pasado, el otro hemisferio, la rama turquesa de nuestra genealogía. Confiábamos en la riqueza como una lluvia que nos enloquecía. Alzabamos los ojos, erguíamos los vestidos, seducíamos mozos de alta alcurnia, cubríamos la piel de capas y capas de promesa y desconcierto.

a dónde iremos después de esta película tan triste

 




Detengo las imágenes poco antes de que Ángel revele el enigmático del día. Me quedo repasando lo que, hace siete años, acaba de pasar la primera vez que Antonio Gasalla visitó LAM. Capaz la única. No me acuerdo.

            En esta entrevista, Antonio prodiga dos imágenes preciosas de su vida personal. En una, relata un casamiento al que asistió personificando a La Abuela. Se sentó a conversar con la novia primero, luego con el novio y se terminó armando, alrededor suyo, un pesebre. No habrán tenido abuela y tuvieron que alquilarla. En otra, cuenta que se mudaron a Ramos Mejía porque su hermano sufría asma. En esa época, los médicos recomendaron los gases, humos y vapores que dejaban las locomotoras al pasar. Dos veces al día había que estar presentes y atentos a la llegada de la maquinaria para dejarse imbuir por esas etéreas materialidades. Él no lo cuenta, pero a mí me gusta imaginar que él y su hermano, dos chicos muy similares entre sí, están llegando tarde y corren a inundarse por esa neblina como si los fundiera en los finales o comienzos de una película.

            Pero no son esas imágenes, fragmentos de novela que Antonio narra con decoro, las que me hacen pensar sino las tantas otras conque evade las preguntas del día. ¿Será que las evade? Ahora sabemos que Antonio estaba al borde de una demencia senil muy fuerte, tanto como para llevárselo. Podemos pensar que quizás solo estaba confundido. De hecho, Ángel debe reconducir las preguntas varias veces o retomar él el hilo de las anécdotas. Sin embargo, contra esa evidencia que vendría después, las respuestas de Antonio revisten una extraña lucidez. Le preguntan por la política y él cuenta que cuando eran chicos se corría la bola de que en el correo daban pan dulce y a él lo mandaban a buscar. Le preguntan por el presente de la actuación y él cuenta que cuando Nacha quedó embarazada, Norman Briski dijo que no se hacía cargo y entonces ellos la convencieron de actuar. Te decían que en tal esquina iba a llover de cuatro a cinco y la gente iba y caía agua: sacaban los paraguas y caminaban por ahí. Le preguntan si hay ahora grandes figuras y él cuenta que cuando estudiaban fueron a buscar a Lola Membrives para que se presente en el Conservatorio. Como era municipal, debían hacer actos del veinticinco de mayo y el nueve de julio. Cuenta la anécdota con detalle. El auto en que se baja, la voz, las condecoraciones, la tonadilla que canta y la cita que hizo, tantos años atrás, de Federico García Lorca. Ya algo nerviosos, Ángel y compañía hacen el chiste de si el Federico del que hablan es Bahl o cuál.

            Respetan, de todos modos, cada una de las viñetas que Antonio ofrece como respuesta a sus preguntas por el pasado y el presente. No dice que sí ni que no en general, sino que recuerda trozos a la manera de sus sketchs. Cuentos acerca de cómo era en lugar de enunciaciones más firmes. Cuentos sobre una práctica, sobre una forma de la escena local o sobre la formación en un oficio. Esas narraciones están en sí mismas recortadas, y por eso tampoco alcanzan a llegar a ningún sitio, a constituirse en respuesta. Por ejemplo, en algún momento cuenta que así como estaba todo aquello del Di Tella que él les decía, después vino la dictadura y a la mierda todo eso y había un oficial con una afeitadora y un banquito que si tenías el pelo largo. Una vez él iba caminando por la avenida tanto y entonces lo vieron y le dijeron y ahí era quien corría más rápido. Ya pasa a hablar de su pelo, ya lo conducen otra vez al presente.

            Antonio está en LAM esta mañana para hablar acerca de un proyecto televisivo. Ese año volvería a tener un programa, bajo la producción de Ideas del Sur y con la compañía de Polino. El verano se había ido a Uruguay para escribir. Nada de eso sucedería. Como pasaría durante cada uno de los años siguientes, sus proyectos televisivos y teatrales naufragarían en sus pedidos, indecisiones o problemas de salud, producción y contratos. Resulta increíble que con todo e inestabilidad mental haya podido llevar adelante la Empleada Pública con Susana ese año de manera deslumbrante. Sus visitas a los estudios de televisión, en el resto de los casos, dejan regueros de duda. Todo lo que después la demencia senil explicaría, imponiéndose como respuesta a las preguntas no contestadas. Por eso, de su entrevista de aquella mañana de febrero de dos mil dieciocho solo perduran como verdaderas las viñetas del pasado con los que Gasalla responde a las preguntas por el presente. Eso parece ser, ahora, lo único que es cierto.

 

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Si esas respuestas son lúcidas es porque buscan volver a percibir una estructura de sentimiento en la historia atravesada. Cuando habla acerca de las interrupciones del orden institucional, Antonio dice “después vino un pedazo de democracia, después otro pedazo de dictadura, después otro pedazo de…” y acompaña la dicción con gestos de las manos y el rostro que quieren decir algo así como ‘era así’. “No sé” también se repite varias veces en medio de esos gestos e intentos de respuesta. Hablar de pedazos en lugar de períodos parece, de repente, más acorde a pensar las épocas. Aleja la historia de sus órdenes explicativos para ponerla en otra secuencia narrativa.

            Y a la vez, pretende que el archivo explique por sí mismo lo que se le pregunta. Eso vuelve más opacas sus respuestas. ¿Ahora cómo es? Antes era. ¿Son testimonios sus respuestas? Cuando ya estaba más perdido, Moria Casán probó entrevistarlo en su programa del nueve y casi pelean por este desfasaje entre las preguntas y las respuestas. Moria quería saber si le habían robado o no y Antonio insistía en contarle preciosidades antiguas. Llegó un punto en que Moria se cansó e hizo un chiste acerca de la recurrencia al pasado. Le dijo si no entendía. Antonio insistió un poco más y le dijo que era ella quien no quería entender. En el clímax de ese tire y afloje le dijo “no, no querés entender”.

            ¿Qué clase de entendimiento reclama el pasado? Antonio contaba esa vez que cuando estudiaban uno de los ejercicios consistía en simular que remaban subidos a un barco inexistente. ¿Por qué era esa una respuesta? ¿Por qué una imagen del pasado puede pretender explicar el presente? ¿Se puede entender lo que pasa volviendo a visitar las escenas antiguas? Preguntarnos a dónde iremos después de esta película tan triste supone, ante todo, haber visto la película, haber asistido al recorte de los hechos, a su filmación, a su montaje. Hacer que la película desarrolle la pregunta, nos la ofrezca, nos la vuelva necesaria. Haber visto la película quiere decir, en el fondo, haber asistido al desfasaje, a la diferencia, entre los sucesos y su filmación. Haber llegado tarde a los hechos, haberlos visto en diferido. Preguntarnos a dónde iremos cuando la película acabe implica que el pasado esté allí, proyectándose en una sala, apartándonos de nuestras vidas por un momento, devolviéndonos a ellas algo extrañados por lo que sucedió sin que hubiéramos sabido que sucedió.

Pareciera ser que aquello que el archivo guarda no busca el entendimiento sino la sensibilidad. Cuando Néstor Perlongher, Antonio sabía quién era, colocó esa pregunta en dos versos encabalgados al final del primer poema de Alambres, su dicción hacía resonar el exilio y la caída de la dictadura junto a las guerras y derrotas del siglo xix. Sin embargo, esa pregunta plagada de futuro era arrastrada en los poemas que inauguraba hacia atrás no solo en la historia nacional sino también familiar (la madre, las tías, el abolengo) y lingüística (el español del barroco). Pareciera decir a dónde iremos sino a los pliegues de lo que conocemos. Respuestas de demencia senil, turbias mezclas de las malezas del pasado, intentos de la más difícil traducción.