divino tesoro




Hablábamos acerca de la riqueza sin distancias. Parientes de una dinastía venida a menos, emperadores en el exilio, conservábamos en la miseria nuestras costumbres de antaño. Nuestras monedas eran un recuerdo mil veces rememorado, fugaces cosquilleos sobre las manos, hectáreas mentadas en la ensoñación que embriaga el día. Hablábamos sobre la riqueza como barcos cargados de alhajas que fueron detenidos por aduanas intransigentes, por puertos encantados, por imposibles corrupciones del decoro. Usábamos la porcelana gastada, los vocablos con abolengo, la cáscara de los carruajes que nos conducían con dignidad entre las avenidas. Dábamos a luz gallos de pelaje impertérrito, nueces tornasoladas, magnolias obscenas. La belleza podría una capa desleída por el paso del tiempo. Hablábamos de la riqueza como de una herencia irresuelta, un legajo dorado detenido en escribanías de mármol y rocío. Zurcíamos con el fino hilo del siglo pasado, el otro hemisferio, la rama turquesa de nuestra genealogía. Confiábamos en la riqueza como una lluvia que nos enloquecía. Alzabamos los ojos, erguíamos los vestidos, seducíamos mozos de alta alcurnia, cubríamos la piel de capas y capas de promesa y desconcierto.

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