para Mal, enero de 2026
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“Qué
inquietante este lugar” escribe un usuario encima del fragmento que muestra la
escenografía de El Chavo del Ocho en ruinas. No sé si estos pequeños vídeos que
veo provienen de Tik Tok o de Youtube. Noto que fueron hechos por computadora,
que sin pasar por ningún afuera, llegan hasta mis ojos desde la interioridad
misma del aparato que recibió y recibe nuestras imágenes y ahora, como alguien
que crece, nos muestra las suyas. Relamidos de inteligencia artificial,
propagados en los shorts de Instagram, Youtube, Tik Tok, X y Facebook los
vídeos no duran más de treinta segundos y son, entre el fárrago que miro, las
joyas de la corona. Un triciclo tomado por la herrumbre, los postigos humedecidos
en cada departamento, el musgo ya crecido. Las ventanas rotas, el barril a
medio deshacerse. El piso sucio, la vecindad sin iluminar. Una cámara, una
linterna, un foco que recorta lo que observamos y nos lo da a ver a pedacitos,
envuelto en estética de misterio. Espero todo el tiempo algún fantasma, un
creepy pasta, un personaje de Chespirito,
el programa, vuelto un zombie de las imágenes, un superviviente de sus propias
imágenes. El vídeo no me lo muestra. Se concentra, con inquietud y hermosura,
solo en la escenografía. Y los materiales allí reunidos, la disposición de un
decorado, la composición hueca del cartón pintado alcanzan para decir que sobre
las imágenes acaba de pasar, qué increíble, el tiempo.
Qué increíble. Qué fascinante. Qué
horrible, qué precioso. Qué difícil. Mis ojos se van, mis ojos intentan pensar.
No me interesa cómo hicimos estas imágenes. Me interesa esto que está pasando
acá, ahora mismo, cuando este vídeo se presenta ante mis ojos. Que tengamos
ganas de verlas, que se produzca, que circulen. Ese es el acontecimiento.
Enseguida conecto el vídeo en mi memoria con todos esos canales de Youtube,
antes que existieran los shorts, dedicados a contar la vida y triste final de
personajes de series. Allí los actores perdían su identidad humana para
convertirse todos ellos, incluido su destino de personas, su vida y triste
final, en el libreto que alguna vez encarnaron. Porque las imágenes eran más
fuertes que su identidad, los vídeos remitían en sus títulos al personaje sobre
la persona. Respira hondo para ver cómo están las niñas de La familia Ingalls hoy. La trágica muerte del papá de Alf. La maldición de Glee. Muere hoy en Arizona Bengy
Gregory, “Brian” en Alf. Cómo está
hoy el niño de Mi pobre angelito.
Cansados de preguntarnos por los frágiles cuerpos, hoy el vídeo que miro se
pregunta por la escena, por aquello todavía más efímero que la actuación. Se
pregunta por la superficie de las imágenes. Así se ve hoy la vecindad del
Chavo.
Así se ve hoy. Quiere decir. Mira
esta distancia. Mide este desfasaje. Observa este cambio. Nota la diferencia. ¿Dónde
existen las imágenes? Santo cielo, ¿dónde se guardan? ¿Por qué quieren conocer
su futuro? ¿Ellas lo conocen? ¿Nosotros debemos descubrirlo? El algoritmo me da
otro vídeo donde, más lejos, la interioridad del aparato muestra el set de La niñera lleno de sus protagonistas
caídos en el suelo. Tan inmóviles, tan semimuertos, semivivos como la ia puede
mostrármelos. Pasados de polvo, olvidados de todo, dejados allí mismo donde
siempre estuvieron, donde siempre están, en la escena que filmaron. Como si los
videítos quisieran mostrarme que por un lado la escena sigue, se repite,
permanece. Está allí. Filmada, pasada en papel film, calcada sobre la luz. Y
por otro lado, sigue, continúa, transgrede su propio destino y se aleja en el
tiempo. Esto está aquí, permanecerá siempre así, pero por sobre esto mismo
pasará el tiempo. Son el pasado pero soportan el futuro.
Desde
su sitial, las poéticas de la vida cotidiana de La niñera y Chespirito
que ahora mismo, esta noche y ante mis ojos, son visitadas por el presente para
interrogarlas por su futuro… esas imágenes, digo, parecen aleccionarnos acerca
del poder que detentan. Durante mucho tiempo internet solo fue el sitio donde
intentar explorar qué pasaba después de la televisión. Cómo había terminado el
dibujo animado cuyo final nos perdimos en la infancia. Qué fue de la vida del
actor que perdimos de vista, nunca mejor dicho. La película que vi de pequeño.
La canción que no sabía cómo se llamaba. El partido que quería volver a ver. El
esplendoroso archivo. La televisión era donde esa vida empezaba, internet donde
podía tener algún futuro. Y estos vídeos que estos días en casa veo, no son, a
la final, tan distintos. Incluso si la televisión acabase, la continuidad
seguirá existiendo. Las imágenes no cambian. Tienen memoria, se arrastran
cargadísimas de sí mismas, van hacia sí mismas. El decorado sigue dispuesto
como cuando hace cincuenta años Roberto Gómez Bolaños, desde el mismo set,
desde el mismo libreto, desde sí mismo pidió a Enrique Segoviano tomase esa
imagen. La cámara sigue enfocando el mismo plano. Me parece correcto. ¿No
debiéramos, después de todo, siempre preguntarnos por la vida que vivimos?