Cómo es el otro lado del mundo. A veces es tanto el apabullamiento de nuestro alrededor que me detengo, como primer y única medida, como diminuta y angustiosa medida. Con tristeza, con gozo, con pavura me detengo. ¿Tantos años y no sé negociar con la realidad? ¿Qué tratos, qué almacenes, qué mercaderes? ¿Qué pactos de caballeros puedo extender, cada tarde, conmigo mismo al filo de todo lo que deseo? Desde el patio balcón veo el atardecer comenzar, un hombre revolver la basura y parecerse a los dos o tres que esta mañana me pidieron dineros y comidas o me ofrecieron sus bienes de ropavejeros a cambio de quién sabe cuánto. Cómo será al otro del mundo. Los últimos bombardeos sobre Kiev se vuelven una estampilla diminuta ante mis ojos. Tengo esas imágenes repletas de hermosura y magnificencia conmigo esta tarde en casa. Tengo toda esta distancia que la nada traza entre mi cuerpo y los escombros para que jamás nos toquemos, para que podamos vivir toda la vida sin conocernos. Cómo será el otro lado del mundo. El hombre que me llevó esta mañana no revuelve la basura pero trabaja de las seis a las nueve. Me da pudor responder cuánto trabajo. Decirle que me quedaré en casa. Durante una guerra, durante los largos exilios, durante las pestes alguien debe quedarse en casa. Cuidar las pertenencias, pasar la ceniza sobre la plata, cubrir la carne de los tallos ante las heladas. Cómo será el otro del mundo. Entro a mi barrio y pido a toda esta precariedad me cubra hasta mañana, me envuelva como a la princesa Anastasia mientras la Revolución triunfa. Tanto detenerme, tanto sopesar los carruajes, tanto maquillarme detenida sobre la fruta olvidada de los días. Tanto maniatar las prendas sutiles, los propósitos inmisericordes, la lenta letanía de las asunciones. Nunca cruzaré los espejos pero sabré con exactitud cómo se observa mí reflejo. No podré con su magia espesa, pero terca todos los días me preguntaré cómo son los espejos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario