no pondré mi cuerpo para esto


The endless way to you, Hundertwasser, 1966 




No pondré mi cuerpo. Me gusta tomarme el colectivo todas las veces que puedo. No llevar el celular, no tener datos. Participar de ese espacio público. No me importan las concesiones. Me parece maravillosa la idea de un vehículo que pasa cerca de nosotros y nos busca aunque no nos conozcamos. No me encariño con ningún chófer, no repito ningún rostro entre los asiduos. No aprendo un horario ni consulto las aplicaciones. Solo me encanta, me fascina esperar un colectivo y que llegue. Me asombra la perduración de una comunidad.


Si tomo el colectivo puedo palpar la ciudad a la que pertenecemos. Puedo enojarme con quienes no hablan o encontrar en sus silencios una realidad compartida. Puedo mirar de reojo sus comunicaciones, los jueguitos que reponen viejos solitarios de sobremesa. Puedo tratar de imaginar de dónde vienen, hacia dónde van. Si mandan audios, enterarme todavía más acerca de quiénes somos. Nunca escribiría una novela, nunca mantendría una trama, nunca construiría un personaje. Solo me quedaría expectante por la fragilidad magnánima de nuestra existencia. Me gusta tomarme el colectivo todas las veces que puedo. No ponerme auriculares. No entretener mis ojos en la pantalla. Estar disponible a la ciudad que atravieso. Atestiguar sus dominios como si revisara algo que me pertenece. Sorprenderme con la ventanilla abierta de las casas, los patios, el hall de los negocios. Visitar viñetas urbanas desteñidas. Comprobar el polvo de los vehículos. Medir cuánto tiempo de ciudad y colectivo me lleva un capítulo de este libro. Entender la respiración citadina de la novela que leo: inhalo al subirme, exhalo cuando estoy a punto de bajarme. Un capítulo de La amante del Restaurador me lleva lo que de casa al Hospital. 


Me gusta tomarme el colectivo. Sumergirme en una fantasía modesta donde no sé quién soy con exactitud. Entender que siempre estoy llegando a este mundo. Con desparpajo, con contundencia, con sobriedad. Bajarme como un inmigrante de los barcos, como un pasajero en la unión europea. Me gusta el evanescente pasaporte que me conduce por una olvidada ciudad de provincias, y me conmueve hasta las lágrimas saberme dentro de una cápsula que se mueve por esa ciudad colonial y anegada. Llevo conmigo tantísimos. Como si mis ojos pudieran recoger los pedazos de los cuerpos desmembrados de las adolescentes y susurrar a toda la carroña que no pondré mi cuerpo. No les he dado mi vida, ¿por qué les daría mi cuerpo? Sátelite, durmiente de trenes, rama enloquecida del timbó. Oiré el sonido de todas las marchas, cortaré en sílabas cada consigna. Intentaré tener el rostro atento al más mínimo de los movimientos. Pero no les daré mi cuerpo, mi cuerpo que viaja escondido ahora mismo, cruzando las estepas, pensando en amantes, sueño y alimento.


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