san josé once once


Nunca estuve tan cerca de Cristina como esta mañana. Mientras ella era presidenta fui un militante social de provincias, crítico a las ambigüedades y silencios de su gobierno. Pero también usuario sabedor y gustoso de la discursividad, las instituciones y las políticas públicas desplegadas por la irrupción de su período de fin de la posdictadura. No solo fui adolescente durante el kirchnerismo sino que también abarcó mis primeros y fundamentales años de formación de una conciencia social y latinoamericana posible. 


No fui a ningún acto, no estuve a la vera de ningún escenario. Nunca estuve tan cerca de Cristina como esta mañana mientras acariciábamos las paredes repletas de exvotos que rodean su balcón. Nunca estuve tan cerca, tan a mano como tal vez las noches del verano de dos mil dieciséis en que ella entraba a las aulas de Puán o nos mandaba videitos por Youtube. O las tardes en que escribía en Facebook, cuando se sentaba en C5N, cuando fue la primera y más clara en pronunciarse sobre los bolsos de López. Nunca estuve tan cerca como esta mañana, aunque su imagen carmesí ya entraba por mis ojos hace tantos años. El vestidito beige de la promulgación del matrimonio igualitario, el paso sereno y firme del funeral de Néstor, el discurso en el Senado macrista: "ni aunque un rayo me partiera en este momento y de mí no quedaran salvo cenizas ustedes no podrán"... Las fotitos que subió el día que Abuelas encontró el nieto de Estela Carlotto. ¿Qué enumeración es posible? ¿Cuántos acordes deben tocarse? La historia no se sintetiza ni se comulga. Sin embargo, como los firmamentos se condensa. Detenido allí ya no pido la libertad ni el encarcelamiento (mientras volvemos una mujer pide fusilarla). Detenidos allí nos rendimos a un reclamo político más novedoso, más vivo y más radical. Decimos gracias.


¿Qué queda de la historia allí en san josé once once? La dirección con la que ella, una escritora finisecular encerrada en su cuarto romántico, firma sus últimas intervenciones sobre la realidad. La dirección postal, el remitente, el punto del mapa desplegado sobre la pantalla del delivery, del uber, de las sugerencias. El sitio de montevideo, la puerta de hierro, las cadenas desplegadas sobre el río de la plata. Qué queda allí, ¿son restos los restos? La atmósfera más conmovedora de san josé once once no son los agradecimientos, tampoco las plantas que solo relucen en su piso. No son las cortinas blancas, los guardias en la puerta. Lo más conmovedor son los murmullos, la conversación urbana, el fárrago que rodea ese edificio visitado por políticos y expertos. Un taxista pasa y desde la ventanilla manda "cuídate, Cristina". Unas mujeres de acento extranjero se dicen una a otra "ahí está la Cristina". Un hombre mira hacia arriba. Otro saluda el edificio y tengo la sensación repentina de que estamos ante el cuerpo embalsamado de Evita, el monumento a, la virgen de luján deteniendo una carreta sobre el barro. Cristina está allí detenida... y eso la vuelve semiviva y semimuerta como los hechizos realizados sobre el cuerpo de Eva la hacían más muerta y más viva. Un signo contradictorio, y por ello intensamente real. Las lenguas que la rodean, la manera en que visitamos ese sitio, las miradas que allí se urden cobran una familiaridad que jamás nunca pensamos la posteridad nos daría con ella. La historia todavía no pasó, pero de todos modos le hablamos, finalmente le hablamos, como a nuestros padres, los portarretratos o las estampitas.

groenlandia




En este momento creo que deberíamos escribir muchos libros a los que llamar Groenlandia. Qué clase de entrada en la enciclopedia, qué capítulo fantástico, qué hierbas exóticas, qué brebajes. Deberíamos reclamar extensiones blanquísimas para nosotras. Enormes estepas borradas, etéreos montículos de hielo. La frente helada de sus gobernantes. El armiño precioso de sus nieves. La solidez de la piedra que duerme bajo mil hielos. Deberíamos reclamar los extractos de tibieza que, como una esencia recogida al fruto, en algún sitio deben guardar sus ropas entre el Ártico y sus pieles. Debemos reclamar su bandera que debe ser muy bella y estar rodeadas de heladas y heladas. Debiéramos conocer, una vez por todas, si nuestras heladas son una suerte de perpetuo rocío que cae desde sus lejanías continentales nevadas. ¿Conoces Groenlandia? ¿Juras lealtad a una dinastía danesa? ¿Tienes intimidad con el frío, con el blanco de las novicias, con la férrea piel de los lobos, con unas florecillas que han sido traslúcidas por las nieves y el tiempo que platearon su sien? Pongamos los pies sobre esta calas, sobre la piel de todas estas calas, sobre las mojadas capelinas blancas del mundo. Repartamos para bien de todos el polvillo, la ceniza blanca, la ciega luz de los confines. Demos a cada quien su tacita de blancas nomeolvides, de explorador de fin del mundo, de conquistador estremecido, de marino enamorado. Cortemos en trocitos, para algo sabemos hacer versos, toda la Groenlandia para engrandecernos sino nunca la conoceremos.






la familia gill




Ahora que han pasado más de veinte años de su desaparición, podrían darnos una a una las fotografías, las hipótesis, los expedientes, los legajos. Podrían entregarnos los nombres, las sílabas, las cartografías socavadas de los campos. Podríamos encargarnos nosotros desde este punto. Cortar en versos el verano del dos mil dos, las crucecitas, los aljibes. Darle de comer a los chanchos, a los investigadores, a los ojos dialectos de cada experto de las agencias internacionales. Poner agua a los pájaros, los perros, los testigos de jehová. Tomar declaración a cada vecino, escribir novelas breves, novelas largas, guiones. Imaginarles un futuro a cada pequeña, un pasado a cada adulto. Dejen el caso en nuestras manos. Haremos que la familia entera sea abducida por objetos no identificados, navegue en el sur, duerma siestas perpetuas en el agua de los tajamares. Haremos vestidos, postales, pasacalles. Grabaremos canciones, daremos fiestas, plantaremos memoriales. Los pondremos bajo la protección del Gauchito Gil, los volveremos estampitas de patrullero, sirenas que llaman a imposibles detectives. No los encontraremos jamás pero tampoco jamás nunca los perderemos. Los guardaremos como a alfileres, nombres de poblados, estaciones de ferrocarril. A una escuela rural pondremos su nombre, a una estancia, a la primera estrella descubierta por entrerrianos.