groenlandia




En este momento creo que deberíamos escribir muchos libros a los que llamar Groenlandia. Qué clase de entrada en la enciclopedia, qué capítulo fantástico, qué hierbas exóticas, qué brebajes. Deberíamos reclamar extensiones blanquísimas para nosotras. Enormes estepas borradas, etéreos montículos de hielo. La frente helada de sus gobernantes. El armiño precioso de sus nieves. La solidez de la piedra que duerme bajo mil hielos. Deberíamos reclamar los extractos de tibieza que, como una esencia recogida al fruto, en algún sitio deben guardar sus ropas entre el Ártico y sus pieles. Debemos reclamar su bandera que debe ser muy bella y estar rodeadas de heladas y heladas. Debiéramos conocer, una vez por todas, si nuestras heladas son una suerte de perpetuo rocío que cae desde sus lejanías continentales nevadas. ¿Conoces Groenlandia? ¿Juras lealtad a una dinastía danesa? ¿Tienes intimidad con el frío, con el blanco de las novicias, con la férrea piel de los lobos, con unas florecillas que han sido traslúcidas por las nieves y el tiempo que platearon su sien? Pongamos los pies sobre esta calas, sobre la piel de todas estas calas, sobre las mojadas capelinas blancas del mundo. Repartamos para bien de todos el polvillo, la ceniza blanca, la ciega luz de los confines. Demos a cada quien su tacita de blancas nomeolvides, de explorador de fin del mundo, de conquistador estremecido, de marino enamorado. Cortemos en trocitos, para algo sabemos hacer versos, toda la Groenlandia para engrandecernos sino nunca la conoceremos.






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