la familia gill




Ahora que han pasado más de veinte años de su desaparición, podrían darnos una a una las fotografías, las hipótesis, los expedientes, los legajos. Podrían entregarnos los nombres, las sílabas, las cartografías socavadas de los campos. Podríamos encargarnos nosotros desde este punto. Cortar en versos el verano del dos mil dos, las crucecitas, los aljibes. Darle de comer a los chanchos, a los investigadores, a los ojos dialectos de cada experto de las agencias internacionales. Poner agua a los pájaros, los perros, los testigos de jehová. Tomar declaración a cada vecino, escribir novelas breves, novelas largas, guiones. Imaginarles un futuro a cada pequeña, un pasado a cada adulto. Dejen el caso en nuestras manos. Haremos que la familia entera sea abducida por objetos no identificados, navegue en el sur, duerma siestas perpetuas en el agua de los tajamares. Haremos vestidos, postales, pasacalles. Grabaremos canciones, daremos fiestas, plantaremos memoriales. Los pondremos bajo la protección del Gauchito Gil, los volveremos estampitas de patrullero, sirenas que llaman a imposibles detectives. No los encontraremos jamás pero tampoco jamás nunca los perderemos. Los guardaremos como a alfileres, nombres de poblados, estaciones de ferrocarril. A una escuela rural pondremos su nombre, a una estancia, a la primera estrella descubierta por entrerrianos.





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