tres empanadas


 

 



No miro las galas. Me detengo a escuchar una entrevista a Nazareno, el último eliminado, realizada por Fede Popgold durante un segmento del streaming oficial La Jugada. Popgold, conductor del stream y youtuber acostumbrado a realizar entrevistas mano a mano relacionadas a historias de vida propicia este segmento como un a solas, con luz tenue e intencionalidad emotiva direccionada. (Ya hemos apuntado que la direccionalidad de la intención en el stream es una de sus características clave. Mientras en la televisión se entra y sale por vericuetos distintos de la emoción, es decir, la emoción se encuentra, en el stream la emoción se busca y construye con un objetivo claro: ahora vamos a reír, ahora vamos a llorar). En este sentido, Fede Popgold no tiene ningún prurito en comenzar la entrevista diciéndole a Nazareno que no sabía cómo abordarlo porque no sabe qué lo hace llorar. No ironizan sobre esto sino que lo hablan como una problemática o una ignorancia válidas. Nazareno cuenta, incluso, que estando dentro de la casa se preguntó por qué nada lo quebrabra. Habla de por qué nada lo llevaba a ese "límite", como un límite que quería encontrar. Y del que Popgold le reclama no haberlo visto. Repito, le reclama no haberlo visto como Nazareno se reclama no haberlo mostrado. Me quedo estupefacto. Me parece increíble que puedan hablarlo en esos términos. No disimulan. Hablan sobre la operatividad imaginativa, como imagen, de ese llanto y como algo esperable y deseable de ver y dar a ver en el formato. ¿Qué imágenes provocamos?

 

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Ya hace un tiempo había pensado esto en relación a los conflictos abordados por los programas de espectáculo en temporadas bajas de la imaginación. Flor Vigna señalando las indirectas de su canción como una estrategia amañada de antemano con el famoso involucrado. Si bien he dicho que esto empobrece la ficcionalización, lo que es cierto, no me convence el adjetivo en cuanto pueda leerse como un juicio valorativo. No sé si este tratamiento no pudoroso, sin disimulo, mostrando todos “los hilos” de la ficción imaginativa la hace menor o mayor Si es cierto que le quita una densidad… ¿pero cómo saber si no le está dando otra?

¿Qué imágenes provocamos? No consigo mirar las galas de Gran Hermano: Generación Dorada. Al comienzo fueron la decoración de la casa este año y la pésima conducción de Santiago del Moro. Antes algo del protagonismo tomado por los participantes o del formato captando la narración televisiva, hacía más soportable esta conducción ediciones pasadas. Pero ahora que parte de esos condimentos se licuaron, las intervenciones de la conducción del programa (más allá de Del Moro mismo) se vuelven más evidentes o menos transitables. Esto no quiere decir que desde la enunciación del programa no hayan querido priorizar las imágenes producidas por el estanque de realidad de la casa. Desde la edición pasada hubo un corrimiento en el desarrollo de las galas por el cual se extendieron los momentos de pantalla plena de la transmisión en vivo de los participantes y se añadió flujo a sus quehaceres. Por ejemplo, transmitiendo varias nominaciones a la vez y luego volviendo al piso o abriendo la emisión y yendo a la casa de inmediato para que allí suceda algo que el conductor no anuncia. Gran Hermano sabe que su potencia está en el mirar de las imágenes que provoca, no en su narración posterior o simultánea. Sin embargo, siento que estos esfuerzos en Generación Dorada luego de la salida de Andrea del Boca naufragaron. Sobre la autonomía de su imagen en el formato ya tomé nota antes.

 

No consigo mirar las galas aunque lo intento. Me quedo en cambio con sus alrededores. All acces, un streaming de reacción oficial. Los segmentos de LAM dedicados a esta edición del formato. Los pasajes de Faranews dedicados a (re)ficcionalizar las imágenes de la casa. Los clips oficiales de la casa misma. Las síntesis propiciadas por Nick News. En cada una de estas situaciones lo que prima, incluso en la conversación entre los jugadores en el aislamiento, es la discusión sobre el sentido de las imágenes expuestas. Ya en anteriores ocasiones he querido resaltar este rasgo como una zona de productividad teórica del formato en su retorno televisivo. Durante la primer y segunda edición de este regreso, atestigüe las narrativas encontradas en X sobre los videos o la reposición de una narrativa faltante a las imágenes. Las "teorías conspirativas" no son en este caso otra cosa que pujas por el sentido de lo que se está viendo. Y en la continuidad de esa puja a través de las ediciones, me ha sorprendido el grado de sofisticación de ese pensamiento sobre lo que se ve y lo que se da a ver que han ido teniendo participantes y espectadores. En la segunda edición, los participantes detectaban movimientos de las cámaras. En la tercera, acertaban al conjeturar qué haría la producción en ese momento del juego. En esta cuarta, montan el personaje de principio a fin intentando no salir de su registro por el mayor tiempo posible. Discuten sobre lo que se actúa en el momento mismo de actuarlo: se detienen en el mismo momento de la transmisión de esa imagen. Quiero decir, cada vez tienen más conciencia de sí como imágenes.

Y la vez, refractan esto. Quienes ven dudan sobre los propósitos con los que algo es dado a ver por el participante o por la producción. Intentan adelantarse a los efectos de esa imagen o detenerlos. Y en sentido reinstalan una contradicción en nuestro vínculo contemporáneo con las imágenes. Necesitamos nos permitan imaginar, pero a la vez constreñimos sus lazos con la realidad. Exigimos credibilidad en lugar de creer. Desatados los reaseguros del efecto de realidad barthesiano, no sabemos dónde ubicar la representación.

 

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En otro vértice de este campo de maniobras que las imágenes están haciendo con nosotros, la reciente muerte de Luis Brandoni hace que un usuario imagine un breve clip que observo en Youtube aunque no sepa con exactitud de dónde proviene. Como antítesis de las ruinas de la Vecindad del Chavo recreadas por IA de las ya he tomado notas antes, lo que aquí se propone es la muerte como ruptura del bucle que el set televisivo provocó. Al igual que en las ruinas de los sets de filmación, aquí se toma la imagen como permanencia y continuidad sobre la que el tiempo, de todos modos, puede acontecer. En este caso, a través del reencuentro en lugar del abandono. Brandoni vuelve a repetir la escena en que está encerrado, vuelve a subir al auto en que dirá el parlamento de las tres empanadas pero, librado por la muerte, encuentra a China Zorrilla en el lugar de su hermano. Se detiene. Las imágenes registran un seísmo, un rasgo de humanidad que irrumpe su continuidad monolítica de lo ya filmado. Toman conciencia las imágenes, la imagen de Brandoni, de lo que acaba de pasarle a su cuerpo. Se abrazan. Oye que le estaban esperando. Abre el auto. Saluda a Antonio Gasalla vestido en ese traje de Mamá Cora sobre cuya máscara y ropajes no se cansó de decir, entrevista a entrevista, cuánto le hartaba usar en esas filmaciones. Hablaba de eso cuando todos querían que hable del éxito de la película. Fiel a su registro actoral, en el clip lo abraza como la Vieja, su madre, lo haría.

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