Detengo
las imágenes poco antes de que Ángel revele el enigmático del día. Me quedo
repasando lo que, hace siete años, acaba de pasar la primera vez que Antonio
Gasalla visitó LAM. Capaz la única. No me acuerdo.
En esta entrevista, Antonio prodiga
dos imágenes preciosas de su vida personal. En una, relata un casamiento al que
asistió personificando a La Abuela. Se sentó a conversar con la novia primero,
luego con el novio y se terminó armando, alrededor suyo, un pesebre. No habrán
tenido abuela y tuvieron que alquilarla. En otra, cuenta que se mudaron a Ramos
Mejía porque su hermano sufría asma. En esa época, los médicos recomendaron los
gases, humos y vapores que dejaban las locomotoras al pasar. Dos veces al día
había que estar presentes y atentos a la llegada de la maquinaria para dejarse
imbuir por esas etéreas materialidades. Él no lo cuenta, pero a mí me gusta
imaginar que él y su hermano, dos chicos muy similares entre sí, están llegando
tarde y corren a inundarse por esa neblina como si los fundiera en los finales
o comienzos de una película.
Pero no son esas imágenes,
fragmentos de novela que Antonio narra con decoro, las que me hacen pensar sino
las tantas otras conque evade las preguntas del día. ¿Será que las evade? Ahora
sabemos que Antonio estaba al borde de una demencia senil muy fuerte, tanto como
para llevárselo. Podemos pensar que quizás solo estaba confundido. De hecho,
Ángel debe reconducir las preguntas varias veces o retomar él el hilo de las
anécdotas. Sin embargo, contra esa evidencia que vendría después, las
respuestas de Antonio revisten una extraña lucidez. Le preguntan por la
política y él cuenta que cuando eran chicos se corría la bola de que en el
correo daban pan dulce y a él lo mandaban a buscar. Le preguntan por el
presente de la actuación y él cuenta que cuando Nacha quedó embarazada, Norman
Briski dijo que no se hacía cargo y entonces ellos la convencieron de actuar.
Te decían que en tal esquina iba a llover de cuatro a cinco y la gente iba y
caía agua: sacaban los paraguas y caminaban por ahí. Le preguntan si hay ahora
grandes figuras y él cuenta que cuando estudiaban fueron a buscar a Lola
Membrives para que se presente en el Conservatorio. Como era municipal, debían
hacer actos del veinticinco de mayo y el nueve de julio. Cuenta la anécdota con
detalle. El auto en que se baja, la voz, las condecoraciones, la tonadilla que
canta y la cita que hizo, tantos años atrás, de Federico García Lorca. Ya algo
nerviosos, Ángel y compañía hacen el chiste de si el Federico del que hablan es
Bahl o cuál.
Respetan, de todos modos, cada una
de las viñetas que Antonio ofrece como respuesta a sus preguntas por el pasado
y el presente. No dice que sí ni que no en general, sino que recuerda trozos a
la manera de sus sketchs. Cuentos acerca de cómo era en lugar de enunciaciones
más firmes. Cuentos sobre una práctica, sobre una forma de la escena local o
sobre la formación en un oficio. Esas narraciones están en sí mismas
recortadas, y por eso tampoco alcanzan a llegar a ningún sitio, a constituirse
en respuesta. Por ejemplo, en algún momento cuenta que así como estaba todo
aquello del Di Tella que él les decía, después vino la dictadura y a la mierda
todo eso y había un oficial con una afeitadora y un banquito que si tenías el
pelo largo. Una vez él iba caminando por la avenida tanto y entonces lo vieron
y le dijeron y ahí era quien corría más rápido. Ya pasa a hablar de su pelo, ya
lo conducen otra vez al presente.
Antonio está en LAM esta mañana para
hablar acerca de un proyecto televisivo. Ese año volvería a tener un programa,
bajo la producción de Ideas del Sur y con la compañía de Polino. El verano se
había ido a Uruguay para escribir. Nada de eso sucedería. Como pasaría durante
cada uno de los años siguientes, sus proyectos televisivos y teatrales
naufragarían en sus pedidos, indecisiones o problemas de salud, producción y
contratos. Resulta increíble que con todo e inestabilidad mental haya podido
llevar adelante la Empleada Pública con Susana ese año de manera deslumbrante. Sus
visitas a los estudios de televisión, en el resto de los casos, dejan regueros
de duda. Todo lo que después la demencia senil explicaría, imponiéndose como
respuesta a las preguntas no contestadas. Por eso, de su entrevista de aquella
mañana de febrero de dos mil dieciocho solo perduran como verdaderas las
viñetas del pasado con los que Gasalla responde a las preguntas por el
presente. Eso parece ser, ahora, lo único que es cierto.
*
Si
esas respuestas son lúcidas es porque buscan volver a percibir una estructura de sentimiento en la historia
atravesada. Cuando habla acerca de las interrupciones del orden institucional,
Antonio dice “después vino un pedazo de democracia, después otro pedazo de
dictadura, después otro pedazo de…” y acompaña la dicción con gestos de las
manos y el rostro que quieren decir algo así como ‘era así’. “No sé” también se
repite varias veces en medio de esos gestos e intentos de respuesta. Hablar de
pedazos en lugar de períodos parece, de repente, más acorde a pensar las
épocas. Aleja la historia de sus órdenes explicativos para ponerla en otra
secuencia narrativa.
Y a la vez, pretende que el archivo explique por sí mismo lo que se
le pregunta. Eso vuelve más opacas sus respuestas. ¿Ahora cómo es? Antes era. ¿Son
testimonios sus respuestas? Cuando ya estaba más perdido, Moria Casán probó
entrevistarlo en su programa del nueve y casi pelean por este desfasaje entre
las preguntas y las respuestas. Moria quería saber si le habían robado o no y
Antonio insistía en contarle preciosidades antiguas. Llegó un punto en que
Moria se cansó e hizo un chiste acerca de la recurrencia al pasado. Le dijo si
no entendía. Antonio insistió un poco más y le dijo que era ella quien no
quería entender. En el clímax de ese tire y afloje le dijo “no, no querés
entender”.
¿Qué clase de entendimiento reclama
el pasado? Antonio contaba esa vez que cuando estudiaban uno de los ejercicios
consistía en simular que remaban subidos a un barco inexistente. ¿Por qué era
esa una respuesta? ¿Por qué una imagen del pasado puede pretender explicar el
presente? ¿Se puede entender lo que pasa volviendo a visitar las escenas
antiguas? Preguntarnos a dónde iremos después de esta película tan triste
supone, ante todo, haber visto la película, haber asistido al recorte de los
hechos, a su filmación, a su montaje. Hacer que la película desarrolle la
pregunta, nos la ofrezca, nos la vuelva necesaria. Haber visto la película
quiere decir, en el fondo, haber asistido al desfasaje, a la diferencia, entre
los sucesos y su filmación. Haber llegado tarde a los hechos, haberlos visto en
diferido. Preguntarnos a dónde iremos cuando la película acabe implica que el
pasado esté allí, proyectándose en una sala, apartándonos de nuestras vidas por
un momento, devolviéndonos a ellas algo extrañados por lo que sucedió sin que
hubiéramos sabido que sucedió.
Pareciera
ser que aquello que el archivo guarda no busca el entendimiento sino la
sensibilidad. Cuando Néstor Perlongher, Antonio sabía quién era, colocó esa
pregunta en dos versos encabalgados al final del primer poema de Alambres, su dicción hacía resonar el
exilio y la caída de la dictadura junto a las guerras y derrotas del siglo xix.
Sin embargo, esa pregunta plagada de futuro era arrastrada en los poemas que
inauguraba hacia atrás no solo en la historia nacional sino también familiar
(la madre, las tías, el abolengo) y lingüística (el español del barroco). Pareciera
decir a dónde iremos sino a los pliegues de lo que conocemos. Respuestas de
demencia senil, turbias mezclas de las malezas del pasado, intentos de la más difícil
traducción.
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