Ayer me acordé de los buenos deseos. Preparé galletitas en forma de estrellas y me acordé de los buenos deseos. Desde que comenzó diciembre, dejé de lado los budines que hice todo el año y volví a la receta de galletas que tanto gustan a mi sobrina y mi mamá. Ahora en forma de estrellas, para quedar a tono con la temporada. Siempre me hace sonreir ver cómo las dejan los cortantes, el firmamento de azúcar y harina que conforman sobre la bandeja del horno.
Y también, además de sonreir, preguntarme siempre si conservarán su forma. Si seguirán siendo estrellas cuando las levante con cuidado de la mesada, cuando las corra para hacer sitio en la bandeja, cuando las saque para dejarlas enfríar. Preguntarme siempre si mantendrán su forma de estrellas cuando las pongo en algún sobre papel madera, cuando tomen conmigo el colectivo, cuando tanto más tarde del amasado y los cortes, del polvo de hornear y la vainilla, lleguen a la boca de otros a los que pretendo alimentar de estrellas. ¿Durarán? ¿Tendrán consigo el aroma, la dulzura, la suavidad? ¿Se volverán agrias en algún mal paso? ¿Perderán la rigurosidad de sus puntas? ¿Se chocarán entre sí? ¿Se arrugarán como una piel huidiza y efímera?
¿Será esto la ternura de que tanto hablamos? Me pregunté, como todas las veces, cómo era posible que algo tan frágil conservara su forma. ¿Cuánto dura un hervor? ¿Cuánto tiempo estará cocido el alimento que cocemos? Cocinaba y recordaba la maravilla que sentí el año pasado cuando una tarde de primavera llevé un budín, un cuchillo y un repasador hasta el aula de la facultad y al abrir allí la pócima, el preparado, los brebajes, nos inundó a todas la frescura de las naranjas como si en vez de un alimento hubiese preparado un perfume. Inventarié para mí mismo todos los quehaceres del día, todo el tiempo que había pasado entre preparar ese budín y cortarlo. ¿Cómo era posible que luego de atravesar tantos espacios y tiempos distintos estuviera allí intacto el secreto que el fruto guardaba?
Un deseo puede ser un aliento, una promesa, una compañía que inventamos para lo diminuto, frágil, modesto. Para aquello de lo que estamos hechos. Un soplo que se entrega a embarcaciones precarias que deberán enfrentarse, no hay otra, al asedio de todos los peligros. ¿Cómo es posible que encontremos igual nuestras casas en medio del bosque? Como cuando extravío el placer que sentía, como cuando no encuentro al entrar a casa la calma preciosa que había dejado. Cuando no logro reponer el sabor, la sensación, el encanto. Como cuando cada una de estas pequeñas desgracias sucede, una copa que se vuelca, una estrella que se deshace. Entonces hay que prestar oídos, auscultar y reparar las mil capas invisibles de que estamos hechos. Todos los hechizos pueden volver a hacerse. Todas las gracias pueden volver a encontrarse. La vida no es una vez sino para siempre.
Estas vísperas mis deseos son más pequeños y tranquilos, se parecen a lo que les pido a las estrellas, una a una, pensamiento a pensamiento, cada vez que las hago. Estrellas de harina, papel y monedas, todo lo que deseo es que nuestros corazones sean frascos de perfume que, al abrirse, tengan las fragancias conque fueron hechos. Quiero decir, que ningún maleficio, ningún desperfecto, ningún ajetreo del día y sus tumultos alcance a derramar el ápice redondeado, sedoso y agraciado de aquello que es hermoso en nosotros. Que podamos entrar y salir de todas las temporalidades que necesitemos, que recorramos de principio a fín las ciudades pero que, al caer la noche, descubramos que las estrellas no perdieron ni un ápice de su brillo inmaculado.

Comentarios
Publicar un comentario