Atravieso las cinco esquinas. Paso tras paso me convierto en un emoji, un sticker, una pegatina adhesiva. Calcomanías en los ojos del reloj municipal. Tenues departamentitos al interior de los adoquines de Racedo y Bajada de los Vascos. Intersección encantada entre esas calles, avenidas sueltas, vecindarios corazón de manzana. Romería inacabada en una peatonal desubicada. Atravieso las cinco y esquinas y pido un deseo. Quiero censar todas las veces que en esta ciudad se haya hecho el amor. Quiero conocer todas las ocasiones en que se comenzó, continuó y terminó de leer una novela en esta ciudad. Cuántas novelas se escribieron, qué películas se filmaron. Cuántos versos. Por cada habitante, un verso. Cuántos camalotes llegan, cuántos se van. Una aduana de morochos que partan la tierra y se sumerjan en el agua a contarlos. Una travesía fluvial nocturna. Un senderismo de montes sobre los edificios. Un avión. Atravieso las cinco esquinas. Necesito calcular lo que pasa tras estos muros. Cierro los ojos. Una ciudad sitiada. Un ejército a nuestras puertas. Muros de adobe, muros de luciérnaga, muros de yarará. Qué pasa tras estos muros. Pétalo tras pétalo, derrama la copa este mamotreto tornasolado. Atravieso las cinco esquinas. Me vuelvo un comandante y elevo mi circular perpetua. Quiero un claustro tras estos muros. Quiero novicias con lavativas de humedal sobre sus sexos. Quiero muchachos capaces de copular con las estatuas. Quiero bendiciones sirirí. Mando vagones llenos de té de jazmín, lapacho, aguaribay. Cosechamos rosa a rosa para hacer nácar, acuñar monedas, preparar anzuelos. Pescamos diminutos anillos engarzados. Exhibimos los huesos del Cardenal. Llenamos de algodón de palo borracho los féretros. Nos cubrimos de láminas enteras de atardecer. Hacemos guantes de piel de dorado. Tejemos las cúpulas azules y las repartimos como mantas capaces de cubrirnos en la nieve insomne que alguna vez, en toda la eternidad, vendrá a visitarnos.
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Delia Garcés en Él (1953) de Luis Buñuel.
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