Ángeles de Asiaín

Queridos míos, 

no siempre estoy bien. Mas

cuando lo estoy sé de la sensación

un tanto. El cuerpo una lluvia,

frío de la tarde irremediable me cubre

y lo que no tiene fin se acepta:

una galería los árboles y la tarde

por Tala caminando a habitaciones otras tantas.

No es cuarto que se ordena

sino mundo. No mi casa,

mundo es el que se quebranta

y cuánta debilidad cabe entonces en su intento.



Recién en las hamacas, yo solo

veía mis pies y me asombraba

siempre como que estén.

Pero de los ojos nada hería

y aunque lejos, en la hamaca -la habitación-

de al lado, Ima estaba 

en silencio. Que esté bien esperaba

para de mi oír unas palabras.

Tanta más la ternura provocaba

y agradecía que yo para estar,

personas, mas amables pudiera pedir, no.



Queridos míos, ahora yo

escribo esta tela a un poema parecida

para al Ima decirle que lo quiero

pues si abro la voz -pintura que se raja-

es para abrevar aquí lo que de esta tarde

sacamos en limpio los ángeles.



No es mi vida la que tomo y callado,

al alejarme de la fiesta, barro.

Cuando acaricio la azucena naciente

de Seguí en la plaza

no es mi casa sino ésta habitación toda

-compartimos- la que los postigos

traban. Abrirlos. Abrirlos.



Se siente la luz como un hechizo.

En silencio oro para que a sus cuerpos

devuelvan la existencia.









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