sobre Raris, escrito e interpretado por Sebastián Boscarol bajo la dirección de Tovio Velozo. Dramaturguista, Valeria Folini. Vestuario de Reina Heels. Dirección musical de Chela Martínez y José Bulos. Vídeos de Cira Monge. Fotografías de Ivo Betti. Producción de Teatro del Bardo.
No
sé cómo será para los demás. No digo para quienes sean heterosexuales ni para
quienes tengan un trabajo estable –cada vez menos en ambos ítems, por cierto,
para bien o para mal. Tampoco para quienes son lindos -hegemónicos hemos
aprendido a decir estos años- ni para quienes poseen seguridad económica. No.
No sé cómo será para los demás, simplemente los demás, que es una categoría más
amplia, más dúctil pero también tantísimo más precisa que cualquiera que se nos
ocurra.
Algo
que sucede con las identidades es que de vez en cuando cae sobre ellas un
saludable olvido, un desvío o una rebeldía. Un desacatamiento de sus
obligaciones, fórmulas y expectativas. Nuestro siglo, caracterizado por
búsquedas identitarias más abiertas y visibles que en el pasado, colabora
además en el cuestionamiento de las identidades en un proceso de deriva sobre
el que se publican libros, sostienen teorías, se likean posteos y se descubren
enunciados en alguna que otra terapia. (También se chamuya un montón en nombre
de todo esto, vale decir). Sin embargo, frente a esos asedios internos de una
identidad suceden otros de los que en esta década hemos tenido un muestrario.
Mientras que la pregunta interna sobre la identidad produce deriva, el ataque
externo a una identidad produce más identificación. Yo no suelo sentirme varón
en muchos momentos del día y el año, pero sí los 8M en que entiendo mi lugar
como varón en la trama social y oigo el pedido de colectivos de mujeres que
solicitan los varones no estemos presentes en las marchas. Ahí me ubico y por
ese rato y en esa elección me acuerdo que aunque me suelan gustar los hombres y
escriba poemas en femenino, soy varón. Cuando el biógrafo del presidente dice
en la radio que estamos condenados a la infelicidad, ahí me acuerdo, como si
fuera un púber, que soy gay y respondo desde ese lugar, escucho desde ese
lugar. Esto pasa más seguido de lo que notamos. Cuando se enojan tanto y tanto
con la diferencia y dicen que no vuelven más, ahí enseguida me da ganas
de ser cucaracha que no vuelve más. Cuando alguien relata el dolor que sufrió
por atravesar la infancia y la adolescencia siendo consciente de su diferencia,
ahí me acuerdo, claramente me acuerdo, de esa diferencia que me habita.
Por
eso, no sé cómo será para los demás. Para mí la obra de principio a fin provoca
mi permanente asentimiento, mi ajá continuo. No me río cuando Sebas simula su
cumpleaños, sopla una vela y pide tres deseos. Entiendo, en eso reside el
pasado que compartimos, la literalidad de esos deseos. Y sin enojarme escucho
las risas de la sala sobre las que Sebas volverá unos momentos después
diciendo ustedes se ríen pero, con una sonrisa, sin reclamos, sino
llegando en cambio a esa franqueza necesaria del “hablemos de esto” que ronda
la obra. Los gestos, la actuación, el ordenamiento de la información son
pedagógicos. El gesto pedagógico podemos verlo en varios momentos, como cuando
nuestro actor se sienta relajadamente mirándonos y señala al público hace
un rato les hablé de invisibilización, ¿se acuerdan? y les dije que… Como
en una clase, trata de usar términos adecuados, los subraya en un pizarrón
sumamente imaginario y obtiene a cambio una escucha interesada en todo eso que
allí se expone. También la actuación es pedagógica al mostrar lo que se puede
hacer: la canción en la obra tiene un sentido dramático específico, pero
también actúa de puesta en escena, momento práctico de la clase. Esto también
pase con las poses contra la pared, similares a los momentos de puro cuerpo de
una obra anterior, Extraño tu perfume. Miren cuán raro puedo ser,
miren cuán gordo es mi cuerpo: exponer la emocionalidad y la corporalidad sin
inhibición puede leerse como un acto pedagógico en la obra.
Además
la obra ordena informaciones que nos comparte para ampliar la rareza como
categoría y pensarla en sus intersecciones. Por un lado, ampliarla a través de
artistas que encuentran la rareza desde diferentes condiciones que van más allá
de sus prácticas sexo-afectivas. Virginia Woolf, Victoria Ocampo, Federico
García Lorca, Silvina Ocampo son raros por sus desvíos de género, orientación,
profesión o simplemente, el caso de Silvina es increíble, por sus formulaciones
estéticas. Esto se añade a la propuesta del texto de la obra de pensar la interacción
entre niveles de marginación/rareza como puto-pobre-gordo. Respecto a Lorca, la
obra repite puto y comunista varias veces para señalar esa interdicción. Como
toda clase, aquí también se plantean preguntas teóricas, asuntos sin resolver.
Una clase pública que celebramos. Ya que si bien estarán en auge las clases públicas en el oleaje de desfinanciamiento universitario de la alianza que nos gobierna, difícilmente esta clase tendría cabida en cualquiera de nuestras instituciones. No digo la obra, no digo sus temas, no digo sus prácticas. Digo la clase que está en esa obra. Digo la clase que la obra enuncia y se escucha. La clase que se asiste a escuchar, porque ante todo cabe recordar que el aula es una invención dialógica y que la escucha es un enunciado en sí mismo aunque solo hable una persona. Esa clase es la que no cabría en ninguna institución ni en ningún programa de educación sexual integral. Esa clase es la que, con los atuendos del arte, comienza su lento peregrinaje hasta la realidad. (Porque no sé cómo será para los demás, pero para nosotros la actuación siempre fue el sitio de los aprendizajes, ¿o a dónde más se creen que se podían vivir nuestras vidas que en las películas?).


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