Luciana
Scutella en Perú al final. Muestra
colectiva.
Por
estar tirada en el suelo, por remedar una línea desparramada, por estar
bordeada de polvo blanco, la forma completa de la instalación se me asemeja de
repente a una línea de cocaína. La similitud no es caprichosa -las formas
quizás nunca lo son-, dada la tanática envoltura de toda la muestra, pese a no estar
concentrada en la muerte misma sino en los rituales y trámites afectivos que la
rodean, es decir, la expanden, contradicen y sobreviven. En ese sentido, nos
preguntamos si aspirar una raya podría ser un ritual previo, y de ahí su
carácter tanático, o uno posterior: tomarse una línea y quedarse duro, que “ya
nada importe” o estar al otro lado. Darse vuelta. Pasarse. Derrapar.
No
son las únicas referencias para el blanco del polvo. Cal viva, tiza rallada,
coco rallado, restos vueltos corpúsculos de las paredes de mausoleo, nicho o
bóveda. También de nuestras casas cuando las descuidamos. Se trata de una serie
de objetos inanimados cubiertos de esa
blancura: cerca suyo los tules negros de Verónica Moreira le hacen de espejo e
inversión: además de negros, están colgados; acá son muchos, allá pocos; acá no
hay espacios en medio, allá sí, etc. Los objetos inanimados, por ser justamente
tales, también nos reclaman. Denuncian, en su presencia, nuestra ausencia. El
ángel sobre el cubo rubik, desubicado respecto a la cúpula del mausoleo tanto
en situación como en estatura, es piedra que espera para siempre. Como si
dijéramos, esperá sentado.
Sin
embargo, hay más además de narcolepsia y espera. La línea derramada sobre el
suelo compone también una ciudad. La bestia plástica sobre las cajas, sobre los
edificios. Pero también, la silueta misma de la ciudad componiendo horizonte,
proyectando sombra, haciendo de límite. (¿Son límites las ciudades? ¿Límites
para la mirada, para el ensueño, para la vida misma?) Perú al final como destino, como marca, también significa que la
ciudad es un mecanismo pleno que nos asigna un sitio, nos envía por una cuadra
hasta donde no podamos salir: esa línea, recta pese a la difuminación, también
es eso, una cuadra. Hacia el medio de la instalación unas flores plásticas
sobresalen de la botella como pararrayos del edificio más alto de una Paraná de
juguete y fantasía: tal y como lo es el Cementerio Municipal respecto a la Paraná
misma, por otro lado.
Saliendo
en dirección contraria a Perú al final, nosotras que estamos vivas seguimos
recorriendo Alameda de la Federación hasta quedarnos prendadas de la bijouterie
plástica de Aura sintética, la muestra
de Walter Acosta en GAP donde amablemente se nos invita a pasar. La ciudad
parece atrapada por la metonimia. Aura
sintética no solo comparte con Perú
al final el término “aura”, allí y aquí denotado de maneras distintas, sino
también el trabajo sobre los restos. En Perú
al final prevalecen restos, como aquí sucede con el plástico. Algunos son
simbólicos como la lápida, la pregunta, la alhaja heredada, el jardín de
ruinas, la memoria escrita de una situación, el objeto abandonado post-apocalíptico
o la escultura sonora también ella misma abandonada. Otros netamente
materiales, como los papeles sobrantes de un viaje o los pétalos de lapacho y
otros vegetales presentes. Si bien en la muestra hay una puja por ejercer
memoria, la mirada entiende que prevalece el tratamiento de resto inmanejable frente
al cual Aura sintética, la otra aura,
muestra los restos manejables. Tanto en forma del plástico reutilizado como de
la tecnología (la impresora 3d imprimiendo otra tinta, abandonado su función).
O como resto teórico: el panel de homenajes a figuras ligadas a la
desconstruccion, cada una de ellas correspondientemente muerta.
En
todo estas auras mortuorias (los muertos también tienen, como la obra de arte,
aura, y ni siquiera la reproductibilidad técnica ha podido quitárselas), la
mirada fuga a un paisaje citadino que también expande nuestra Paraná de juguete
hasta simular un New York de postal que siento no solo los materiales y su
disposición convocan, sino igualmente los colores y su tratamiento. Con su
propio astro, la ciudad autónoma también posee sus propias líneas de vuelo y su
misma ausencia citadina que habita en la línea derramada. Las ciudades como
resto visual (un resto también es un límite), se toman fotos unas a otras hasta
inutilizarse. No sabríamos qué hacer dentro suyo: no hay hendijas por donde
entrar ni en los edificios de esta obra ni en los objetos que más se parecen a
edificios de la otra. El habitáculo nos es negado.
“Memoria
vertical” de Walter Acosta en Aura
sintética.
Sacudidas
por esta situación, seguimos en dirección contraria hasta el Museo de Bellas
Artes de la provincia donde la ciudad volverá a hablarnos. Allí nos esperan,
pacientes y sin marchitarse, las Flores
para el astronauta de Juana Gitlin
(1909 – 2000) que ha tenido la precaución de elaborarlas en grabado para que
puedan llegar, frescas y livianas, hasta nosotras, astronautas recién llegadas
al futuro. Resulta increíble, pero caminando al revés, mientras el pasado nos
espera en las galerías recientes, es el futuro quien impera en el archivo.
Instalamos entonces los ojos en los óleos y sobre embarcaciones nos depositamos
en playas y construcciones abiertas que Gitlin ha herido para que podamos tomar
postura de recién llegadas y caber en ellas. La ventana de un tercer piso se
abre entonces para admirar la ciudad ya no como resto de una vida sino de un
día. Las personas aquí están ya no como huellas sino como trabajo y descanso,
como tránsito. Las obras reponen tránsito, en efecto, en lugar de quietud y,
como las ciudades, crecen. Los edificios se alejan en la pieza hasta componer
el horizonte pero antes dejan que otras azoteas, una escena manual, y unas
palmeras detengan los ojos y los corten en dos. Cielo y construcción coinciden
en el punto de fuga y nos envían, astronautas sin protocolos ni formación,
listos hacia el más allá.
“Desde
el 3er piso” (1984) de Juana Gitlin en Flores
para el astronauta.
Me
detengo en esta obra. Yo también vivo en un tercer piso y trato de imaginar las
diferencias entre mi horizonte y el de Gitlin. También las distancias, los
trastornos y sacudidas que nos han llevado, como un saque de merca, de una
punta a la otra de los imaginarios. Al visitar las obras de Juana Gitlin no
podemos irnos tan fácil como de los cementerios. Aquí las manufacturas son
distintas porque ante la operatoria viva sobre el mausoleo y la lápida, la
escritura íntima y el homenaje o la reutilización, la artista toma sus privilegios
de muerta y trabaja, ella primero que nadie, para el Museo como sitio de sus
restos. Para nuestra sorpresa, los muertos hablan.
Perú al final
está en Aura (Sala Antequeda) desde los comienzos de octubre hasta diciembre (si
entendí bien).
Aura sintética está
en GAP desde el 17 de octubre hasta el 14 de noviembre.
Flores para el astronauta está
en el Museo Provincial de Bellas Artes desde comienzos de octubre hasta el 8 de
marzo de 2026.
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