Discuto con un recorte, casi un TikTok, de Rita Segato viralizado hace unas semanas. Sentada en una entrevista ella sostiene el genocidio en Gaza se diferencia de otros por su transmisión contemporánea a su ejercicio. Y en ese rasgo, por nuestra impasividad como especie para actuar en consecuencia.
No importa Segato ni los sucesos que intenta comentar. Importa el recorte como recorte, como dicción. El vídeo acierta en señalar que la transmisión en vivo (¡la tele!) es un rasgo específico de este genocidio. Sin embargo, no al interpretar desde allí nuestra impasividad bajo un pensamiento de sentido común: ¿cómo es posible que viendo lo que vemos no hagamos nada?
Al contrario de ese planteo, creo que justamente porque vemos lo que vemos no podemos actuar en consecuencia. Las personas no somos capaces de actuar en consecuencia de las imágenes que recibimos, elaboramos o transmitimos. La transmisión del genocidio está en el corazón de la imposibilidad de acción. De hecho, algunas noticias de estas semanas nos hablan de acciones des-colocadas en relación a Gaza: un paranaense es incomunicado por el Ejército israelí al formar parte de una flotilla humanitaria que intenta llegar al territorio del que provienen las imágenes; un hombre en Manchester ingresa a una Sinagoga con un cuchillo y ataca a varias personas hasta ser neutralizado por la policía británica. En ambos casos, ¿qué imaginación les habrá guiado? Las imágenes provocan imaginación. No son la realidad. Por eso no hay posibilidad de conectar la storie que veamos de un infanticidio en Palestina con nuestras manos, nuestra casa, nuestras habitaciones. Las imágenes provocan distancia, no cercanía. Seríamos muy ilusos en creer que nuestros ojos, ese inconsciente, acatarán de pie puntillas la distinción entre realidad/ficción sobre lo que vemos y "actuarán en consecuencia".
Quiero decir. Las imágenes no nos hacen testigos, nos hacen espectadores. La flotilla humanitaria zarpando a Gaza y el atacante de la Sinagoga son, en uno de sus aspectos, un intento disruptivo con límite previsible de llegar hasta el sitio de donde provienen las imágenes. Sin embargo, esos intentos por visitar a las imágenes se desfasan, se postergan, se obturan en su mismo recorrido.
La superposición de imágenes y su correspondiente deriva imaginativa no niegan el Genocidio. Tampoco la necesidad de encontrar programas políticos, políticas de lo viviente, para salir de él. Señalar el carácter imaginario de Gaza, la consecuencia más clara de su tratamiento como imágen, resulta un incordio. No busco con ello la provocación sino el pensamiento. El horror no debiera impedirnos pensar. Sabemos que las imágenes mismas a lo largo de los siglos nos han enseñado a desconfiar de ellas. ¿Por qué decidir, cuando más lúcidos debemos ser, olvidar lo sabido? Como nos recordó Beatriz Sarlo en Tiempo pasado respecto al testimonio y la memoria, ¿por qué anulamos nuestros artefactos teóricos ante ciertas causas? Saber acerca de la horadación subjetiva de un testimonio sobre un campo de detención no supone anular su calidad de prueba en los juicios sino incorporar esa dimensión a lo que sea entendamos por justicia. Reconocer el carácter imaginario de una storie que recibimos desde el otro lado del mundo no implica negar la existencia del Estado de Palestina sino comenzar el lentísimo camino para comprender la fantasía que reside en cada injusticia del mundo transmitido.
Eso sí, algo muy distinto a la storie de una guerra es la storie de una marcha. En esa diferencia de letra a letra de abre la posibilidad de otro tiempo, otro espacio, es decir, otra fantasía. Ambas stories, la protesta y la guerra, provienen de maquinarias mayores puestas en movimiento con direccionalidades opuestas. Con "consecuencias" opuestas, con reclamos opuestos a quien las mire. Todas las imágenes provocan en nosotros deudas im-posibles, pero incluso las imposibilidades pueden ser distintas.

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