
"Así se les iban los meses del calor, él hablando sin ser oído bajo los naranjos floridos, y el marqués pudriéndose en la hamaca a mil trescientas leguas marinas de un rey que nunca lo oyó nombrar". Gabriel García Márquez. Del amor y otros demonios, 1994.
Anoche llegué a casa y
sentí que era un vikingo cansado de atrapar animales, trasladar témpanos de
hielo, poner los pies sobre la tierra oculta del frío, la niebla y la
distancia. ¿Cómo han de dormir los barcos? Anoche llegué a casa y sentí que era
una madre de siete hijos, regué las plantas como si tuviera que acarrear un
cúmulo imprudente de ovejas de regreso. Percibí gozo en no comprender todo el
olvido que podría convocar sobre mí. La inocencia desgajada a través del día
con la que ahora espero el colectivo, encima de las barrancas, presta para
desatar mareas de siglos en mi mirada.
*
Tardé semanas enteras
en dejarme dormir. Sopesé mis piernas como si fuesen cascabeles heridos. Resté
importancia a todo. Me embrujé de interioridad, cal y canto, mirlo y borrascas.
Tuve miedo. Tuve sueño. Me dediqué a estar en mí con una pulcritud inmensa,
como si moverse supusiera despertar todos los caballeros, sotas y reyes de la
baraja y todos ellos, abrumados por el sol de febrero en el caribe de nuestras
tierras, fuesen tras de mí por este pedregoso camino rural de nuestras tierras.
Quise dormir de mil maneras para despertar en la colonia, en la traducción, en
el anegado esplendor de una ciudad amurallada.
*
Quise con todas mis
fuerzas que llueva. Cerré los ojos y sufrí la lluvia de petróleo sobre Teherán,
los amasijos de barro bajo las vertientes del Orinoco, el rumor de peces
despiertos en las lagunas de Michigan. Me dejé llevar por los incendios, por la
nieve, por el tumulto de un motín en las cárceles de las Filipinas. Estuve
atenta a todo el dolor del mundo y a su larga consolación. Di órdenes a cada
ama de llaves. Excusé las provistas del día. Deserté cada compromiso. Me
dediqué al más terrible examen de conciencia.
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