párpados de las pantallas

 



 

1. Estoy dándome reiki sobre la camita que estos días mudé al living del departamento. La coloqué al lado de una de las puertas balcón, en casa hay cuatro. Ésta da hacia fuera, de manera que mis ojos pueden quedarse con una porción recortada de cielo en cuanto los abro. Entre los bloques hay espacio y sutura. Siento que fueron construidos con huecos de aire todo su derredor. A través suyo veo este avión pasar, nunca sé si muy cerca o muy lejos. Oigo sus turbinas tamizadas por la música que uso para saber cuándo cambiar de posición. Diviso sus luces rojas, su órbita sobre mi cabeza y la de todos mis vecinos. Guardo ese vuelo en mi corazón como algo que hoy tendremos, todos nosotros, en común.

 

2. Me cuesta concentrarme estos días. No sé qué quiero hacer ni cuál de todos mis planes quiere algo de mí en este momento. La dispersión me ofusca. Trato de amansarla con los rezos, las manos sobre mi cuerpo, la escritura. Cuando estoy disperso siento que no me sale realizar ninguna tarea por completo. La sensación es engañosa. Si rememoro los días que hace me siento así, puedo encontrar muchas tareas cumplidas de principio a fin con frescura. Sin embargo, para la economía del yo todo eso no parece alcanzar. ¿Tendrá que ver con la extrañeza del tiempo que estamos viviendo? Hace unos años, cuando el macrismo proyectó bajar la edad de imputabilidad, me puse al tanto de las organizaciones que se oponían, leí notas para aprender más argumentos en contra de los que ya conocía y cambié mi foto de perfil en Facebook por una con el slogan de la campaña contraria. En esa época había muchos stickers de ese tipo y nunca los usaba: hacerlo para este propósito era parte de darle importancia. Pero ahora me entero a través del feed de google noticias que la baja de imputabilidad fue promulgada esta mañana… de manera que en algún momento de estos días que pasaron, el Senado tiene que haberla aprobado. No esperaba otro resultado… más de todos modos me pregunto si estaba bien no haberlo sabido antes. ¿Dónde se aloja el dolor cuando sentimos que ya no nos cabe? ¿Cómo se adopta un reclamo cuando habría que hacer tantos? ¿Cuánta disponibilidad tenemos para sufrir algo, aunque sea algo, de lo que nos pasa?

 

3. No tengo Instagram, pero sí Telegram. Ahí estoy suscripto al canal de un youtuber español que repostea noticias internacionales. Se llama Isaac, pero su canal, tanto en Youtube como en Telegram, es “Macabeo contra la apostasía”. Empecé a escucharlo hará dos o tres años cuando me interesé por los sacerdotes conservadores que se oponían a las transformaciones doctrinales de Bergoglio. Isaac no es clérigo, pero de todos modos lo mismo tiene una postura férrea respecto a los cambios que la Iglesia Católica ha tenido desde el Concilio Vaticano II hasta aquí. Muchas veces ha intentado enmarcar esos cambios y derivas en alguna de las muchas profecías que jalonan el siglo veinte. También, superpuestas a ellas, las que permanecen en el texto bíblico. En ese sentido, siempre la geopolítica ha sido uno de los temas frecuentes en su canal de Telegram. Pero ahora, con la profundización de la guerra en medio oriente, casi todas las noticias se refieren a eso. Elegí que sus mensajitos sean mi manera de estar al tanto de la guerra por sobre los demás medios que pudiera encontrar. Desoigo, o eso creo, sus anunciaciones del fin del mundo, y me concentro en las fotografías que repostea. Una lluvia de petróleo en Teherán. Una nube gris por un misil. Una nube roja, una nube negra, una nube amarronada por otro misil, otro misil y otro misil. Son nubes preciosas y no alcanzan para que pueda imaginar cómo es aquello. Ninguna educación que reciba, ninguna traducción cultural que intente, ninguna búsqueda en internet alcanzaría jamás para que entienda lo que cabe en esas imágenes. Por ello desisto, antes que nada, de cualquiera de esos intentos.

 

4. Tal vez por eso me siento bien estos días cuando rezo. Algo que me agrada mucho de hacerlo es que se parece a abdicar. Y, al mismo tiempo, aunque suene contradictorio, se parece a hacerse cargo. Dándome reiki sobre la camita, mi cuerpo estirado, sin ninguna extremidad cruzada sobre otra, tengo el presentimiento de que soy un misil lanzándose. La idea me parece dulce y me quedo con ella unos momentos. ¿Dónde caeré? Viene a mi memoria una imagen muy bien trabajada de Santi Venturini en En la colonia agrícola, el poemario que releí esta mañana mientras no podía avanzar con la novela de la larguísima dictadura española. En el poema catorce, él habla acerca de los campos que rodean las colonias agrícolas de su provincia, y también un poco de la mía. Habla sobre cómo se ven los campos desde la ruta, pero también habla, en la segunda estrofa, acerca de cómo se ve la ciudad desde esos campos: “Era una masa naranja / hecha con la energía / de luces públicas / brillando en el medio de lo negro. / Como si una nave nodriza / con la tripulación de todas / las caras que conocías / acabara de aterrizar / sobre la superficie nueva / de un planeta”. ¿Los misiles aterrizan o estallan?

 

5. Hará unos días fui y vine del Mercado en bicicleta para no presionar las pocas tazas de petróleo que salen del estrecho de Ormuz. Y mientras volvía escribí misivas templadas como el fuego para todos los integrantes de la Guardia Islámica. Cosí los minaretes de Teherán rasgados por las bombas. Alisé los humos rojizos, grises, densos de los misiles sobre las embajadas. Pliego tras pliego, hice a mano abanicos de amenaza, portaaviones y ojivas. Pensé, con extrema dulzura, con infinito desasosiego pensé en una de las noticias vaticanas que estos días mis ojos alcanzaron a ver. Di los mejores deseos que pudiera tener a la comitiva de restauradores que, quién sabe, tal vez ahora mismo están, como la noticia decía, arrimados sobre las paredes de la Capilla Sixtina quitando la sal, las humedades, los exquisitos silencios de la superficie del Juicio Final.

 


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